El hombre es ingrato y buena prueba de ello nos lo trae la percepción simbólica hacia los burros. El trato negativo en su visión que siempre ha tenido la humanidad hacia el pollino trasciende culturas y tiempos (desde que fue domesticado circa 5000 a C. hasta hoy). Sin embargo era imprescindible para los menos poderosos (que no podían hacerse con un caballo símbolo de poderío y represión) o los menos pudientes (los bueyes ostentaban precios encarecidos respecto de los asnos) que eran la mayoría.
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