La revolución cultural daba sus últimos coletazos, aunque no por ello menos letales y varias facciones del partido comunista luchaban bajo cubierta en espera de la inminente desaparición de Mao Tze-tung . Por un lado, su mujer y sus secuaces apoyados por los guardias rojos, se resistían a toda apertura al exterior y por el otro lado, Chou EnLai había logrado la visita a China de Richard Nixon lo que abrió al país al turismo, aunque limitado, después de más de dos décadas de hermetismo total. Con ese telón de fondo, en agosto de 1975 recorrí durante 17 días China, empezando por Cantón y terminando en Pekín. Mi curiosidad de estudiante era enorme, y aunque no compartía ninguna de las ideas que le atribuía a los que serían mis huéspedes, estaba ávido de aventura física e intelectual, de escuchar de propia voz hablar de los ideales del comunismo, de la guía roja de Mao y de tantos otros mitos. Al mismo tiempo mi pasión por la historia, la arquitectura, el arte y la ópera me hacia anticipar las visitas a tantos y tantos edificios, templos, sitios únicos y teatros cargados con el pasado glorioso y trágico de una de las civilizaciones más antiguas.
Esas eran mis expectativas. Mi viaje no podría haber sido más distinto de lo que imaginé, solo el Pequeño Libro Rojo de Mao resistió el choque de la realidad: era rojo. No vi lo que quería ver, la historia y el pasado, obtuve la version de la "china moderna” que mis anfitriones tenían de si mismos. No puedo juzgar la Revolución Cultural si me remito a lo que vivi, no lo pretendo. Mi viaje estuvo lleno de anécdotas, unas naïfs, otras cómicas y otras simplemente sorprendentes. En alguna ocasión llegué a desesperarme sin saber que hacia en esa no-aventura . Tardé 20 años en darme cuenta lo que realmente había visto en aquel viaje y en apreciarlo. Había visto el Show de Mao.
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