de julio, 1984. Napoli. Tu pregunta es por Dios y por la Muerte, como cada vez que subís de la fosa del taller con la cara negra. “Entro y salgo de la tumba”, pensás y es lógico, porque en tu ciudad la Muerte lo impregna todo, te atrapa y amenaza en afiches de lágrimas sin paz, amurada en los altares callejeros, cientos, miles de homenajes populares y artesanos. Hay uno al lado de tu taller, otro enfrente: velas y fotos de difuntos. La Muerte se prende a tu espalda, te quita la voz y agarrota las manos. Te lavás, movés los hombros.
Mirás al espejo. Afuera, las motos a bocinazos, un niño vende estampitas de San Jenaro y la vecina del quinto baja un balde con una barra de pan y le dice a otra cuánto dinero tiene que poner dentro. Tu barrio es pobre, lleno de inequidades, pero la que más te agobia es la que existe entre esa Muerte omnipotente y tus pequeños dioses, santitos de milagros cortos que te vuelven todavía más frágil: que dure el jornal hasta que llegue abril, no perder otro hijo aplastado por los cajones del puerto, no bajar a segunda. No te parece justo, pero si hay que tragar, se traga.
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