Soy padre Joaquín Suárez Arroyo.
A las puertas de la muerte me confieso. No quiero dejar este mundo
con un secreto que pesa tanto en mi conciencia…
Hace unos quince años, en esta ciudad, en la que los traficantes
de droga y de armas campaban a sus anchas, la conocíamos como Lucrecia la gallega, aunque para los suyos era la agente Liuba. Para la
misión, ella tuvo que olvidar su lengua materna y ocultarla en el rincón más recóndito de su mente, dejando todo el espacio al español.
Lo hablaba y escribía a la perfección; aun así, se notaba que no era de
aquí. Por esto, fingía ser la hija de los españoles o gallegos, como llamamos a los inmigrantes que venían a las Américas para ganarse la vida.
Lucrecia regentaba un restaurante español, “herencia” de sus...
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