Ocurrió hace tres o cuatro veranos. Hacía un calor de mala muerte, pongamos que unos 40 grados, y a eso había que sumarle la dichosa humedad de la isla y el fuego que ardía en mi interior por tenerte a mi lado. Un sobrecalentamiento del cuerpo porque mi corazón latía desbocado, sin frenos, a toda velocidad sin control alguno.
Por aquel entonces yo era una especie de femme fatale que vivía a lo loco y sin ataduras, más o menos como ahora pero antes más "fatale" y ahora más "femme", si bien sigo
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