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El odio
08/22/2025
La Pluma del Este
Mi odio a esta decadente ciudad era tan intenso como el que sentía por mi padre. Estoy convencida de que, si no hubiera conocido a mi madrastra, nuestras vidas serían diferentes. Mejores. Desde que ellas se fueron y yo me quedé anclada a un viejo decrépito, los sueños de una vida plena y feliz —que jamás viviré— se transformaron en odio… Ooo-di-ooo. Me fascina cómo suena. Saboreo esta palabra y sus cinco letras. He descubierto su enorme poder y lo que significan para mi existencia.
La nieve, húmeda y gris, como cenizas pegajosas, apenas cu-bría la fealdad que me rodeaba. El silbido estridente de la fábrica ha-bía expulsado a las bandadas de cuervos de sus escondites. Los pája-ros estaban volando en círculos por encima de los tejados y sus in-cansables graznidos taladraban mi cerebro. Los pocos transeúntes se deslizaban como fantasmas, sobre los charcos de aguanieve estanca-da. Yo caminaba despacio con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, mi único abrigo… Su tela áspera era mi caparazón. Viejo. Humedecido. Como yo. El crujido de la nieve bajo mis botas sonaba a cristales rotos. Faltaban doce minutos para mi turno; tendría que darme prisa. Pero me daba igual… ¿Lo sabéis? No. Claro que no. Nadie lo sabe. Desde niña, me encantaba la nieve, tan blanca y tan pura al caer, aunque siempre terminaba derritiéndose, mezclada con el barro. Siempre supe que aquella pureza de antaño se pudriría, hasta devorar la olvidada perfección de nuestras vidas. De mi vida… Bastaba esperar el tiempo suficiente.
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