Como cada viernes, Sofía terminaba tardísimo en su estudio.Un poco porque amaba la abogacía, y otro tanto por su obsesión de acomodar todoantes del fin de semana y comenzar los lunes lo más organizada posible.
Hace poco más de tres meses que al salir del trabajo hacíaun paso casi obligado por el bar en la esquina de Irigoyen al 3000. Le gustabael espacio reducido pero a la vez anónimo del lugar: luces tenues, mesas altascon un estilo retro y música suave que no perturbaba.
Siempre elegía alguna
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