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10108 results found for tag:"prosa".
2404137638323
Quebraderos de cabeza
04/13/2024
El intruso
https://valentina-lujan.es/E/quelejosde.pdf que, lejos de antojárseme así a un primer golpe de vista sospechosos de acarrear — esta vez sí a mí, quiero decir a “mí no” o eso fue lo que creí — otros nuevos, interpreté como mis salvadores porque, y ahí se veía claramente, esta página (es decir, la inmediatamente anterior, de la que yo vengo de poner la indicación de “seguir leyendo”) estaba escrita en primera persona por una tal Afrodita. Como además resultaba también evidente que los quebraderos en cuestión y por tanto el archivo que los contenía — que no los contenía, para decirlo con propiedad, ya que en él no se especifica cuáles son ni de qué naturaleza — estaban siendo la continuación de un “algo” iniciado por ella misma, éste, este archivo inmediatamente anterior y recién encontrado, se convertía en una pista muy esclarecedora de que el maremágnum en que me hallaba inmerso estaba teniendo un origen que o bien ella misma conocía o, en el peor de los casos, sabía de dónde y a su vez el tal origen partía. Entendí también — instruido como ya estaba yo por mi propia experiencia — que sencillo del todo no iba a ser ya que rastrear hacía atrás no me era posible, y seguir hacia adelante conducía a un único archivo final, final de una serie de archivos del que tan sólo había constancia (pero eso ya era mucho tal y como andaban las cosas de enredadas) de que pertenecía al diario de Valentina. Por eso digo que entendí que sencillo no iba a ser, pero que también me dije que — también, para esto, instruido por mi propia experiencia — sabía que con paciencia y con estar alerta, atento a llevar un minucioso registro de todos los archivos en los que Valentina apareciese, terminaría haciéndome con una especie de dossier o expediente, desordenado, claro, sí, pero de documentos todos relacionados entre sí que me llevarían (con paciencia, ya digo, pero me llevarían) los unos a los otros a, una vez ordenados, conformar un todo coherente o por lo menos no exento de una cierta cohesión. De modo que para saber al menos dónde terminaba el rastro coloqué — como podrá ver todo el que pulse en las palabras “esta página” del archivo anterior —, para recordármelo a mí mismo, la advertencia de que me encontraba en lo que denominé “final de serie”.
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2404137635643
"a ver cuándo me hace usté unas poquitas"
04/13/2024
Felipe el segundo
https://valentina-lujan.es/T/tianinesvers.pdf «a ver cuando me hace usté unas poquitas» Porque la tía Nines era gordita… por decirlo suave, o por lo menos con la suavidad que lo decía el abuelo Apolonio, que la adoraba. Pero se la adorase o no ― que como es natural tenía también sus detractores ― en lo que había que estar de acuerdo era en que siempre fue una verdadera monería de gorda con su cinturita, muy bien marcada, y sus tobillos finos y su busto tan firme; y su boca tan roja y aquellos ojos suyos y… aunque para qué describirla si, entre las fotografías encontradas en una caja de alfajores La Estepeña que permaneció durante años olvidada ― hasta que nos cambiamos de casa y en la mudanza se vaciaron todos ― en uno de los cajones del escritorio, apareció ésta de la única vez en toda su vida que salió de casa para, por cierto y qué comparaciones tan tontas pueden hacerse a veces, poner sus piececitos desnudos en una playa. Pero no se ahogó; o no porque no supiese nadar – que en verdad no sabía – sino porque pese a todos los dimes y diretes (que es como Alicia Lastra nunca llamó a los “chismorreos” pero ciertas pretensiones literarias trascribieron así) Nines no cometió, hasta el fin de sus días, ninguna insensatez irreversible… (Continuará)
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2404137635537
Este sí recoleto y alfombrado
04/13/2024
Felipe el segundo
https://valentina-lujan.es/E/enelquetantastard.pdf en el que tantas tardes Ciriaquito (el “del Valle”), enteramente absorto y sin ― tan meticuloso, obsesivo y tenaz como debería a aquellas alturas de su brillantísima carrera suponérsele ― percatarse de que aquel era el lugar en que más desasosegado tendría que sentirse, se quedaba hasta prácticamente la hora de cenar echando cuentas y los toldos hasta que, tras cavilar un buen rato y haber logrado cuadrarlas o una penumbra casi perfecta, concluía que o muy bien pudiese estar partiendo de premisas erróneas en la práctica de sus experimentos o, peor todavía, equivocándose de medio a medio al desoyendo las voces de los que al otro lado de la puerta cerrada de su laboratorio discutían si debería ser al cruzar una calle o en una bifurcación de caminos donde, aturullada la abuela ― que ya no era la pobrecita ni su sombra y se la requería para comparecer de pascuas a ramos y en circunstancias no digamos dramáticas pero sí un poco especiales –Pero qué quieres ― alguna de las cuñadas de cualquiera de sus hijas ― si en nada de tiempo perdió mucho; ya no era la misma que...Y mira que guardaban las servilletas de siempre como oro en paño, a ver si así... Pero ya aquella especie de conejo tan gracioso, ¿te acuerdas?, se parecía mucho más a un cangrejo. La lengua de trapo le duró algo más pero sólo si le daba la gana y si acudía a tiempo; siempre con sus amigos y tonteando de acá para allá... que hasta un pircin, “¡en el ombligo y todo; fíjate!, que se ha puesto ¿No es terrible?”. –Como que ― alguno de los maridos de cualquiera de las cuñadas ― llega un momento en que no haces ya carrera de ellos. e, incluso a veces, nada más por puro compromiso y porque no se sintiera postergada como se había vuelto tan susceptible ―, se cruzara de brazos frente a un autobús o frunciese el ceño delante de una vaca e inquiriera «¿Qué es entonces lo que queréis que haga?». Pero que la vida jamás se detiene y que ellos tienen que encontrar su propio camino aunque se equivoquen; y que qué se puede hacer más que estar a su lado y tratar de comprenderlos. Y que si no se unificaban criterios «miedo me da, de verdad os lo digo, de terminar bajo las ruedas de un tractor o perdida en la sección de bricolaje de algún centro comercial»; y que cuantísimo mejor no estaría ella poniendo unas piezas a las sábanas o en su cocina, tan contenta, haciendo aquellas rosquillas de limón que tanto le gustan a la Nines, que está siempre «a ver cuando me hace usté unas poquitas» empecinarse en que sí, en que con mucha paciencia lograría dar con la esencia misma del porqué ― e incluso con la del para qué, ya que se ponía ― de la vida de seres tan despreciados como la cochinilla de humedad o el mosquito trompetero.
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2404127633482
La tía viuda de las de Cornejo
04/12/2024
Don Ricardo
https://valentina-lujan.es/trans/latiaviudadelasdec.pdf Que no era ni tía ni viuda ni de las Cornejo sino sobrina de una de las hermanas de doña Escolástica que se había casado con un suazi que tenía una plantación de azúcar, allí, en Eswatini, al que había conocido visitando el santuario de vida silvestre de Mlilwane y, ella, la niña, que había venido de vacaciones con sus padres y se puso muy contenta cuando vio el mar porque en su país, dijo, tenemos elefantes y cebras y leones pero mar no aunque nos queda cerca, ilusionada no sólo por conocer la playa — que casualmente la picó una medusa, con lo que eso escuece, pero le pusieron hielo y casi ni lloró — sino también a su abuela y a sus hermanas quiso, por aquello de sentirse integrada, participar en las actividades del día a día, como una jovencita más de nuestra pequeña comunidad, y se ofreció a desempeñar el papel que se le asignase asegurando, con los ojos brillantes de emoción, que haría con mucho gusto y su mejor saber hacer lo que a criterio de la autoridad competente — entiéndase Genoveva o, si andaba ocupada diseñando farolas o asfaltando la calle principal porque estaba muy empeñada en que tuviéramos coches aunque no fuesen de momento de motor de combustión, la que figurase en la lista como primera suplente — se le encomendase.
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2404127633086
¡Hala, ya está!
04/12/2024
La tapicera
https://valentina-lujan.es/G/peroloquepregen.pdf Pero, lo que pregunta en realidad, es: – ¿Así que eso es todo? – Bueno ― contesto ―, naturalmente tengo… bueno, mira, ya lo has visto (y le enseño la página en que he hecho las anotaciones en rojo indicándole, con el bolígrafo, la palabra “Desarrollar”); pero creo que entre lo de mi madre, y lo de tu novia, y lo de la señora de la limpieza y unas cuantas cosillas más, me parece que lo de tu nov… – Lo de mi novia ― dice, sin dejarme terminar el planteamiento ―, casi va a ser mejor que lo olvides o, por lo menos, lo dejes de momento un poquito aparcado. – ¿Eso precisamente? – Eso precisamente. – ¿Estás queriendo decir que no te entusiasm… – No. – O sea: que sí te entusiasma. – ¿No te he dicho que no? – Pero, una criatura tan deliciosa… De acuerdo que lo que se dice una beldad no será, eso ya lo sabemos, ¿pero estás seguro de que con el resto de sus innumerables atractivos no t… – No, no tenemos suficiente. – ¿Lo has pensado bien? – No hay que pensarlo mucho. No tenemos, es más que evidente, ni los elementos de juicio, ni la madurez imprescindible para embarcarnos en una historia de amor. Así que… – A ella no la conozco, pero tú, madurez, si no recuerdo mal yo soy tan sólo unos meses más joven que tú, y ya no voy a cumplir los… – ¿Y qué quieres decirme con eso; o es que piensas acaso que porque sólo seas un poco más joven ya eres un viej… – ¡No; por supuesto que no! Pero sí lo bastante adulto como para darme cuenta de que ya va siendo hora para determinadas cosas. Luego, va pasando el tiempo y, cuando quiere uno darse cuenta… – No, si algo de razón puedes estar teniendo. Pero, aun así… – Venga, hombre, anímate. – No seas terco, ¿quieres? – De acuerdo, de acuerdo; lo que tú quieras y como tú lo quieras, yo tan sólo soy un aficionado en estas lides, pero, estoy plenamente convencido de que todo lo relacionado con el amor da much… – Oh, sí. Muchas alegrías, muchas satisfacciones, pero tan… No sé, hace falta mucho tacto, mucha destreza, una sensibilidad muy especial para desenvolverse con soltura en un terreno tan delicado como es el del amor y, sobre todo, como es nuestro caso, cuando no queremos bajo ningún concepto caer en tópicos ni en lugares comunes ni en… – Lo del Retiro, te advierto… Ya sabes, lo de las barcas y todo eso. Se puede suprimir, no es tan… – ¿Qué barcas? – ¿Y qué barcas quieres que sean? Pues las barcas del lago… Mira, aquí las tengo… Y lee: Pero cuando termina de leer dice que no, que de eso nada y que lo que yo quiero, salta a la vista, dice, es deshacerme del viejo cueste lo que cueste echando mano si es necesario de cualquier subterfugio aunque sea de lo más infumable; pero que si me apetece, porque esa concesión sí me la hace, puedo dejar las barcas y a los que se pasean y a los que hacen caricaturas y a los que echan las cartas y hasta (porque se ha debido de poner, recordando, un poco romántico) algún gorrioncillo cantando tan alegre en una rama. --- Porque el borrador sí le gustó — que tengo que acordarme entonces de quitarle la marca de agua y poner el texto en la fuente y el color habituales — pero el otro modelo para la pregunta no (que me tengo que acordar de suprimirlo). Así que lo que de verdad pregunta en realidad es esto.
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2404127630429
Aquella boca suya
04/12/2024
Señorita Florence
https://valentina-lujan.es/A/aquellabocasuya.pdf que en pura realidad tendría que haber sido, como el resto de su cara, creación tan sólo de Titulcio Estradilla sin mayor finalidad ni objeto que el dar un papel —bastante secundario por otra parte (“y menos mal”, apuntó alguien por lo bajini , porque así no daría mucho tiempo a verla “con esa cara de luna llena que tiene”)— a la pequeña de las Cuervo que, caprichosa como era, se había empeñado en que quería participar y, “bueno, pues esto o nada”, le dijo él; y ella nada más por salirse con la suya dijo “acepto” y que a ella la tenía totalmente sin cuidado lo de Carmelo el del dentista porque a saber si no eran todo maledicencias o tergiversaciones de Consolita, la hermana de Visitación de Sonsoles.
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2404097600309
Fuera del hogar familiar
04/09/2024
El intruso
https://valentina-lujan.es/doc/fueradelhogar.pdf de ella, ha de entenderse pues que es al menos hasta el momento como yo lo entiendo, aunque si es necesario llegado el momento rectificaré, como es natural; familiar de ella, o, más concretamente, de sus suegros que, esto no puedo y no porque no quiera sino porque no sé por qué lo veo así, son no me atrevería a afirmar que los propietarios pero sí los inquilinos ― por segunda o tercera subrogación, cabe pensar y pienso, ya que es un piso amplio y, aunque interior (que de eso sí me he enterado) la zona parece muy buena y no creo, aunque tampoco sé por qué, que un matrimonio anciano y que parecen personas sencillas ― sin estrecheces pero sencillas, sin un capital del que tirar ni grandes ingresos ― pudiera permitirse el pagar un alquiler que (incluso aun sin ascensor) debería de ser muy elevado en la actualidad .
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2404087591105
Y como iba a continuar esperé
04/08/2024
Una regordeta con granos
https://valentina-lujan.es/alicia/ycomoibacontinuar.pdf 1 Y como iba a continuar esperé. Mi amigo lo había escrito y ahí estaba, de su puño y letra, y yo lo conocía lo bastante bien para saber que iba a cumplir su palabra. Esperé primero días y luego semanas y después meses. Y cuando los meses fueron más de doce entendí que llevaba esperando más de un año. A veces nos veíamos y él preguntaba ¿qué tal va todo? y yo le contestaba siempre “bien” y que no hacía falta que me preguntase, que yo sé tener paciencia si las circunstancias lo exigen; él me respondía entonces que a lo mejor era un error, que las personas cambian y que lo que un día está pareciendo tan obvio se ve al cabo del tiempo que estaba siendo una ilusión, un espejismo estúpido sin ninguna base ni conexión alguna con el mundo real. Yo trataba entonces de darle ánimos porque me daba la sensación de verlo abatido, desconcertado e inseguro; y él aceptaba mis palabras de aliento sin entusiasmo aparente, pero esforzándose por devolverme una sonrisa amable que me hacía sentir algo muy parecido a lo que pueda ser estar siendo humillado, tratado como un pobre mequetrefe que se deja mangonear sin criterio ni dignidad ninguna. Pero no me quejaba, no le comentaba nada al respecto y simulaba no darme por enterado y seguir tratando de compaginar lo que sólo estaba siendo un tropezón pasajero que no iba a dejar ninguna huella con mi propia vida, la cotidiana, la vida en la que iba y venía al y del ministerio cada mañana, y por la tarde a visitar a los Ramírez, y por la noche de regreso a casa y a Indalecio. Y todo siguió un curso más o menos normal hasta que el entorno apacible de ellos (los Ramírez) se desmoronó de la noche a la mañana por culpa de la tozudez de un mocoso que se negó a hacer algo que le hubiera resultado tan sencillo como ponerse de pie, tranquilo y sin necesidad de derribar refresco ninguno, caminar hacia la puerta de la habitación sin preocuparse de que un tipo con gorra de visera se fuese a interponer en su camino, y, una vez cruzado felizmente el umbral, enfilar el pasillo y dirigirse a su habitación para, del cajón de arriba de la mesilla de noche situada entre su cama y la de su hermanito — que guarda sus cosas en el cajón de abajo —, sacar uno de sus cuadernos, uno cualquiera, cualquier cuaderno en el que podamos encontrar hojas en blanco; cerrar luego el cajón y, con el cuaderno en la mano, regresar al cuarto de estar y prestárnoslo o, si eso le fuera a causar menos disgusto, arrancar, tan sólo arrancar las hojas en blanco y nada más las hojas en blanco, que estábamos necesitando para poder dejar constancia de quiénes exactamente éramos y dónde y haciendo qué exactamente estábamos cuando qué trabajo le hubiera costado cuando, aquella mañana de invierno que debía con toda seguridad ser de verdad de invierno porque recuerdo que Lola había entrado por la puerta con abrigo y Lola no es persona irresoluta ni insegura que necesite, como las señoras enjoyadas o como la oxigenada y desenvuelta Shirley, ceñirse ni obedecer a pautas para gritar socorro justo cuando llega a sus manos una carta marcada o saber, por sí misma y con criterio propio, en qué lugar y en qué momento exactos tiene que pasar una fregona que, la nuestra, la camarera nuestra, la de siempre, castaña ella y que no me parece a mí que sea de frasco, me comenta — porque al fin accedió a colaborar con la condición, advirtió, no obstante, de que sin contraer compromiso de permanencia — que no le parece a ella por cierto “aunque qué va a saber una, ¿verdad?, sin más horizontes que servir cafés o cualquier otra cosa que pida el cliente y recoger mesas”, dice y, “mire, mi niño”, mostrándome en la pantalla de su Samsung al pequeño que, “mañana, exactamente, diecisiete meses y catorce días” explica, mirándolo arrobada. – Qué va a saber una — repite, apagándolo y dejándolo caer en su bolsillo — pero, si me puedo tomar la libertad a que usted tan gentilmente me ha invitado, yo pondría en manos de Lola, de Lola precisamente, algo un poquito menos… ¿previsible?
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2404087587535
Introducción a las versaciones de un chupaplumas
04/08/2024
El aprendiz de regidor
https://valentina-lujan.es/versaciones/versacintro.pdf Le dije que exageraba. Que yo nunca… Me había pedido años atrás y al cabo de unos cuantos sin vernos que le hiciese un favor de suma importancia para él, y ahora — quiero en realidad decir entonces, cuando nos encontramos y estuvimos hablando del asunto —, una vez hecho el favor, me reprochaba no sé qué deslealtades y me culpaba de haber traicionado nuestra amistad. Entonces fue cuando le respondí exageras, y él con muy malos modos replicó no exagero en absoluto. – Claro que sí. Lo que pasa es que cada cual recuerda las cosas como le conviene. – ¿Me conviene; me reporta algún tipo de felicidad o beneficio el recordarlas como fueron? – ¿Cómo fueron? – Lo sabes perfectamente. – Eso es verdad; con tanta claridad que te cuento si quieres, punto por punto y palabra por palabra, qué pasó y de qué hablamos. Y como se quedó callado mirando el cenicero con gesto hosco, di por hecho que asentía y empecé a hablar, desde el principio; desde el principio aunque — entendiendo que había supuesto igual que yo que no teniendo ya temas comunes de que hablar después de tanto tiempo nos limitaríamos a cruzar algunas frases huecas en aquella acera abarrotada de la Carrera de San Jerónimo y a seguir cada cual nuestro camino — me salté el saludo y un par de trivialidades referentes al tiempo, por cierto, muy lluvioso. – Tampoco te contaré — dije —, puesto que tú mismo podrás recordar un cenicero lleno de colillas y dos paquetes de tabaco vacíos iguales que estos —, que nos habíamos equivocado los dos y que nuestra conversación fue bastante más larga. Omití asimismo el contarle que, al cabo de un rato recibiendo empellones de los que caminando con prisas y paraguas abiertos proferían improperios o algún seco perdón dedicándonos miradas hostiles, ahí estábamos: sentados a una mesa de un Cofee & Shop y departiendo, con perfecta naturalidad, como cuando éramos amigos inseparables. – Y, como entonces — hablé al fin, contemplando recuerdo las partículas de polvo suspendidas en un rayo del sol, cegador casi, de aquella mañana de verano radiante —, tu conversación giraba en torno a lo que había girado siempre. Y como siempre yo trataba de seguirla preguntándome, como me había preguntado siempre, por qué era precisamente a mí a quien elegías sabiendo que en una cuestión tan importante para ti, y que tan por completo te absorbía, jamás había sabido ayudarte. – Porque, vamos a ver — te preguntabas, le dije, me decías, angustiado ante la amenazante impavidez del papel en blanco; lo cual era un desperdicio lamentable, y perdona que haga este pequeño inciso pero eso tiene que quedar claro, porque mi sensibilidad fue siempre nula para el lenguaje literario — ¿Qué puede escribir alguien a quien ni gusta la novela ni sabe abordarla, ni se considera capacitado para escribir un ensayo ni, menos aún, posee los conocimientos suficientes de alguna materia como para que no lo paralice el pudor a la hora de exponer y desarrollar cualquier tipo de teoría? – ¿No es una pregunta demasiado larga? – No lo sé… ¿Cuánto puede importar lo larga que sea si está bien entonada? – Está bien entonada, sí — admitió —; pero me parece, y perdona que insista, que es una pregunta demasiado larga para poderla recordar con tanta precisión al cabo de los años. – A mí también — reconocí —, pero así es exactamente como la hiciste; aunque, si prefieres que te la repita con alguna pequeña variación… – No. No es necesario. – ¿Seguro? – Seguro. – ¿Sigo entonces? – Sí. No me gusta la novela. – ¿No te gusta la novela —te pregunté incrédulo, le dije — después de toda la vida intentándola? – Por eso precisamente: estoy harto. No sé abordarla, termino de decírtelo; he empezado varias y me pierdo, no sé estructurar un argumento... divago, me confundo... – Pues con ese panorama lo tiene chungo alguien, pero… – ¿Alguien? – Sí, bueno… El que ni le gusta la novela ni sabe abordarla ni se considera capacitado para… ¿De verdad no quieres que te lo pregunte de otra manera? – No. Así está bien. – Pero si ese alguien — seguí, mirando distraído las botas mojadas de una joven, con vueltas de piel — no se puede quitar de la cabeza el ser escritor, a mí me parece que la novela no puede ser muy difícil. – Eso es lo que tú te crees — Gruñiste. – Pues el ensayo — sugerí, y traté de animarte —: El ensayo no puede resistírsele demasiado a alguien que como tú sabe enlazar frases hábilmente, y plasmar sensaciones o sentimientos de forma en cierto modo filosófica, pero accesible y muy cercana... O eso oí asegurar alguna vez a amigos, de esos que entienden... – No. – No te digo un tratado sesudo; sólo un ensayo. – Que no. – ¿Por qué? – Porque... — Recapacitaste...
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2404077582311
Todavía ignoraba cuáles iban a ser mi género o mi estilo
04/07/2024
Mercedes Agudo
https://valentina-lujan.es/versaciones/todaviaign.pdf ni en qué lugar del planeta — tantos países, tantos idiomas, tantas etnias, tantas costumbres, tantas religiones, tantos sabores, tantos miedos y pasiones como este globo que habitamos alberga y tantos gustos y creencias y supersticiones y formas de percibirlo a él, el globo, y a nosotros mismos y a los otros como debe de haber, imagino, al otro lado de cada puerta de cada uno de nuestros respectivos pequeños mundos — tendría que colocar tanto los personajes como los entornos y circunstancias que les tocase vivir en función del capricho o determinación o desvaríos de un tipo al que apenas conocía pero di en imaginar pequeño demiurgo — aunque por la voz, fuera cual fuese una fisonomía que el tiempo iría diciendo cómo plantearme y llegado el caso definir, me había parecido persona enérgica, de carácter, no exenta de un cierto doblez que se me ocurrió, no sabría decir por qué, juguetón y su puntito de ironía — del que yo sería factótum, así, en negrilla y cursiva porque es una palabra que me llamó la atención, que no había yo utilizado jamás, que no sabía ni qué significaba ni, por tanto, si la estaría utilizando correctamente ni, alargándome en mis cavilaciones, si formaría parte del léxico de él ni si, caso de que ni la formase ni incluso le agradara, me vería forzado a, tras consultar el diccionario, sustituirla por mayordomo o ayuda de cámara cuando no, aunque no me hiciera mucha gracia, sirviente o chico de los recados.
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2404067577389
Por qué hay que ponerse así
04/06/2024
Pimpinella
https://valentina-lujan.es/alicia/porquehayquepon.pdf Él, entonces, con ese sentido del humor tan un poquito desconcertante que a veces tiene y al que no terminaré jamás de acostumbrarme, dice que no tiene obligatoriamente que ponerse así; que no tiene por qué haber inconveniente alguno en que se ponga de cualquier otra manera “que a ti te resulte más sugerente para los fines a que la tengas destinada”; y que si en vez de ponerse ella — porque así yo lo decida — con la mano apoyada en el picaporte de la puerta hablando a su marido quiero que se ponga en otro lugar o en otra postura o haciendo otra cosa que no sea fregar sino pintando un cuadro al óleo, o tocando el piano, o rezando o bailando o montando en globo o haciendo unas maletas o esquí acuático y deseo, además, que no tenga marido, no tengo más quehacer que escribirlo y describirla, tal cual y a mi antojo; porque lo importante es saber definir al personaje, investirlo de una personalidad y mantenérsela en el tiempo concreto al que se esté circunscribiendo mi obra sin que ello sea, empero, óbice ni obstáculo para que si las circunstancias lo requieren tenga los cambios de humor o de estados de ánimo que pudiera estar teniendo cualquier ser humano en la vida real. Y que haga (yo) el favor de no andar todo el rato mareándolo con cómo y dónde y con quién ha de estar en cada momento todo el que “por culpa de esa imaginación tan desbordante con la que te han adornado las musas” se me pase por la cabeza a cada instante… – ¿Estamos? He echado una ojeada al reloj mientras me habla, y cómo son las ocho menos cuarto de la tarde y acabo de recordar que hay apenas pipas y pienso muy poco, que ya lo advirtió Lola, le digo que sí a todo y, cosa excepcional, hoy soy yo el que da por finalizado nuestro encuentro. Continuará ---- Aunque no sé muy bien cómo lo haré.
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2404067575996
Para poner las cosas más difíciles
04/06/2024
Doroteo
https://valentina-lujan.es/R/que%20fue.pdf que fue, para ponerlas más difíciles por si no lo estaban ya bastante, exactamente lo que hice retrocediendo, regresando al Cofee & Shop de mis desdichas y tan infausto recuerdo donde creí, me pareció, verla con sus botas con vueltas de piel dejando, no por olvido como entonces el paraguas ella sino inocentemente ahora yo y en la seguridad de que a la vuelta me lo encontraría todo tal y como quedaba, la carpeta con los papeles abierta sobre la mesa y expuesto ─ el hecho ─ con toda la ingenuidad y absoluta falta de doblez con que se muestra. Yo había considerado la eventualidad de que aconteciese, porque por qué no, alguno de esos accidentes ─ o incidentes, mejor, habida cuenta de que ni esperé ni deseé en ningún momento que la situación tuviera ni mucho menos que llegar a ser calificada de “crítica” o “extrema” ─ domésticos que, ya por la ruptura de la inercia que por sí mismos y pese a su tan frecuentemente extrema pequeñez acarrean, ya porque como suele suceder en tales casos se enzarzara la familia en una discusión acerca de quién de entre todos los presentes había sido el culpable, forzase a que la atención del observador se desviara y, ahí, en ese pequeño revuelo dirimiendo si el café con leche lo derramó sin querer el abuelo o adrede ─ y porque yo no le fuera simpático o tuviese ganas de hacer enfadar a la abuela, por chinchar, simplemente ─ el menor de los nietos, aprovechar yo la coartada para alegar ante mi amigo que qué lástima pero y mira que lo lamento en el alma los papeles habían quedado del todo ilegibles... Pero a la vista ― por una parte ― de que las cosas se complicaron por causa no sabría yo muy bien precisar si porque, como se viene de relatar, el pequeño se vino con los del primer grupo o porque mi amigo perdiera la noción del tiempo y del espacio menos de lo que yo llevado de mi optimismo me había permitido suponer o, que sería una cuarta posibilidad, porque al su esposo comentar que de haber sabido (etc.) no habría importado que se dejara el mayor los deberes sin hacer, ella, Sonia (porque creo que si no me he trafulcado la puedo llamar Sonia hace ya mucho), le respondiese con mucha acritud “lo habrías sabido si prestaras más atención a tu familia y a tus hijos” o, que sería la quinta , porque los papeles no quedasen ilegibles y de que ― por otra parte ― pese a lo complicadísimas que estaban yo no me podía presentar frente a mi amigo, tan anhelante por celebrar mis progresos, sin algo medianamente enjaretado opté por, anhelante yo a mi vez por evitar que me tildase de tonto, renunciar a tantas estúpidas maquinaciones y continuar, sí , pero por caminos más convencionales que nos conducirían, a todos aunque a los niños hubiera que llevarlos en brazos porque ya empezaban a quejarse de tener sueño y estar muy cansados, a desenlaces bastante más coherentes e instalados en la razón del lector medio que, en opinión de mi amigo, suele tener una cierta querencia por que los finales se centren en hechos decididamente adversos o abiertamente felices pero sin tanto ringorrango, dijo, de connotaciones psicológicas como yo le estaba incorporando a una historia que podía muy bien ser, a él le daba lo mismo, de amor o de guerra o de aventuras que, si yo quería, se podían desarrollar en alguna galaxia lejana con muchos efectos especiales pero ni mucho menos la mitad de destructivos que estos tan abstrusos que yo estaba empleando para, total y a fin de cuentas ― “porque tienes que reconocerlo”, me dijo, y que así nos evitaríamos cantidad de sinsabores porque con “este panorama”, añadió, señalando arrugando la nariz los folios, que no me pensase que fuera a... --- Para decirlo todo y que no... Que sería una segunda posibilidad... Puede que menos embargado... Y última, aunque se me ocurran... Que creo, aun con dolor... Continuar porque si renunciaba...
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2404067575897
Regresando no como integrante de uno de los grupos
04/06/2024
Doña Dídima
https://valentina-lujan.es/alicia/regresando.pdf no como integrante de uno de los grupos — formados como ya se dijo atendiendo las indicaciones que hiciese doña Isidora mientras, en una bandejita colocada sobre la mesa camilla, el señor Ramírez tomaba la merienda consistente en un vaso de leche con galletas que su esposa le había servido y, su nuera… — sino, mentalmente, al cuerpo del texto del que de una manera tan irreflexiva me había ido apartando sin saber a qué serie de disparates podría mi imaginación tan poco ejercitada conducirme y, en carne y hueso con las manos hundidas en los bolsillos de mi abrigo y la carpeta con los folios bajo el brazo, a mi casa aquella noche, caminando tranquilamente y sin más planes que mirar un poco la televisión tratando de olvidar por qué Sonia, la nuera, que en el entretanto se había ausentado unos momentos para atender el teléfono que sonaba insistente en la habitación contigua regresó, instantes después, algo demudada y levemente temblorosa. Pero mis planes se vieron alterados cuando al salir del ascensor y buscando ya las llaves en mis bolsillos oí una voz alertando de “ya es hora de ir echando la cortina”; reparé entonces con profundo disgusto, aunque sin perder la compostura, en mi tía sentada tranquilamente en la escalera con Indalecio a su lado. – ¡Vaya, al fin has llegado! — dijo, le contaría posteriormente a mi amigo, poniéndose de pie con una agilidad impropia de una mujer de su edad. – ¿No podría esa frase — él — ser un poco menos estereotipada? – Bueno — argumenté —, mi tía no era, es decir no es, ningún dechado de ingenio capaz de descolgarse con ninguna originalidad… – Me estoy refiriendo — me cortó en tono seco — a esa forma de ponerse de pie; las ancianas que se mueven con agilidad tan impropia de su edad suelen ser unas viejecitas encantadoras… – Mi tía no es para nada encantadora. – Encantadoras, pero — continuó, sin prestar la menor atención a mis protestas — bastante vivarachas y absorbentes; simpáticas, desde luego, pero… – Mi tía, te lo termino de decir, no es en absoluto simpática. – Pero — volvió él a continuar, otra vez sin prestar atención a mis protestas —, por lo general, autoritarias y no poco locuaces además de enormemente entrometidas y tan convencidas de que sus sobrinos son pobres ovejillas descarriadas que suelen, salvo casos muy excepcionales, no sólo colocarles correctamente la corbata antes de salir de casa y advertirles de que se abriguen en invierno y de que no tomen bebidas demasiado frías en verano sino, y eso sí que sería fatal para ti y para la misión que los hados del destino te tienen reservada, prodigarles toda suerte de consejos encaminados a ser hombres de provecho… ---- Motivo por el cual me pareció prudente el eludir, al menos de momento, cuáles pudieran estar siendo las causas del cambio repentino en la actitud de una criatura que, tan desconcertante como me había resultado desde un primer momento Sonia, era seguramente muy capaz de sorprenderme con una de sus salidas características que yo quizás no iba a saber ni controlar ni resolver.
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Motivos que tendré que estudiar
04/05/2024
La pequeña de las Aranguren
https://valentina-lujan.es/m/motivosqueten.pdf quizás esta misma noche tan pronto llegue a casa y por más cansado que esté o, si no lo estuviera y me encontrase sin coartada para no hacerlo quedándome por tanto sentado en el sofá frente a la tele, aunque vuelva a tener problemas con el vecindario furioso amenazando ― por culpa de Indalecio y del canto por el que con la velocidad a la que recita pueda ir y sin que quepa la esperanza de que, por mucho que le cunda y que le cunde, lo hubiera terminado de día sin que con los ruidos lo oyéramos nadie porque, ya me lo advirtió mi tía, cuando termina con el cuarenta y seis vuelve al principio ― con avisar a la policía pero, aunque tal suceda, solventaré el asunto todo lo deprisa que pueda llamando, si es necesario, a una floristería de guardia pidiendo que traigan, urgente, un ramo de rosas para doña Gardenia o, si las que más vociferan son las señoras de verdad que suelen ser bastante más histéricas, seis o siete docenas con sus respectivos celofanes y lacitos y que se los repartan y, acto seguido, cenaré cualquier cosa, dejaré los cacharros en la pila, me tomaré un café bien cargado para que no me entre sueño y, bien pertrechado de cigarrillos, hincaré los codos hasta que me los sepa de carrerilla.
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https://valentina-lujan.es/O/oleimportun.pdf muy torticeramente interpretado por su parte bajo los efectos de la confusión en que se hallaba sumido, porque luego lo sacó del error explicándole que, muy por el contrario, lo llenaba de alborozo y de unas jamás anteriormente sospechadas esperanzas porque, dijo, eso les podía estar abriendo de forma providencial una puerta para, al amparo de una prosa un tanto preciosista o si prefería recargada o incluso barroca al estilo como si dijéramos dieciochesco francés, adentrarlos en un mundo de oscuros nubarrones cerniéndose sobre aguas embravecidas rompiendo contra abruptos acantilados de Bretaña o Normandía o, estirándose un poco consultando un atlas o folletos de esos que dan en las agencias de viajes, de algún paraje solitario de las tierras altas de Escocia como debían de serlo, seguro, los alrededores de Inverness, o de Thurso o de Wick para, desde ahí, hacer una incursión en la tan para ellos novedosa y nunca antes intentada novela negra. – Pero es que yo ― le expuso ―, con el desasosiego que me traigo con el asunto del papel para el pingüino del padre de Ramírez, no creo que pueda concentrarme en algo tan… – ¡Olvídate del viejo y del pingüino! Pero le contestó que no podía. – ¿No? ― Y que qué lástima con lo divertido, lo emocionante, el subidón de adrenalina que podía ser un asesinato en una noche ventosa y sin luna. Pero siguió insistiendo en que no, que no podía porque se lo tenía prometido a Celedonia, que le hacía muchísima ilusión. Pero también que no quería por nada del mundo fallarle. ‒ No me fallarás ― le dijo ― si tienes la suficiente sangre fría como para planearlo bien. Y que no es que quisiera meterle prisa pero que se lo fuese pensando; que así, en caliente y sin dar demasiadas largas, todo saldría mejor. ‒ Pero… ‒ Déjate de peros. Además ― le prometió ― él le ayudaría y “estaremos juntos en esto”. Firmado: Nosotras las palabras
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El neozelandés y la paloma
03/31/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/prosa/elnozeland.pdf No es mi especialidad relatar hechos sucedidos en la realidad; me suelen salir un poco sosos, como que no plasmo bien la emoción o el sentimiento que despiertan. Pero esto es algo tan bonito que merece la pena intentarlo. A saber: Es el “paseador suplente” de mi perro Jerry. Lo llamo suplente porque nada más viene cuando el paseador titular no puede. Pero hace unos meses el titular me comentó que él, el neozelandés, se marchaba a vivir al sur, algún sitio de la costa en Andalucía. Así las cosas, y que yo soy muy mía para las cosas mías y para nada quiero dejar a mi perro en manos extrañas, cuando el titular me informa de que en tal o cual momento no podrá venir le digo no “te preocupes” (aunque yo sí preocupada) y, armada de valor hasta los dientes —porque el Jerry es muy bueno; y como se suele decir, me quiere mucho; tanto que no consiente que se me acerque animal ni persona que él, en su cabeza canina, dé en pensar que pueda hacerme algún daño; y, en su celo protector, ya me ha derribado y llevado arrastras por la acera un par de veces— me encomiendo al Altísimo y a la calle que me voy con el Jerry. El sábado pasado —hoy es lunes— me dijo el titular por la mañana “esta noche viene Nicholas” y, sin preguntar cómo es que estaba en Madrid, me quedé perfectamente conforme. Y vino, sí; a última hora de la tarde. – ¿No te habías ido a vivir a Andalucía? —le digo. – Sí, compré una casa con mis padres; pero también tenemos todavía aquí y vengo de vez en cuando. Y salió con Jerry y con Jerry regresó una hora después sin más novedad que el mostrar interés en si tendría yo una caja porque… Echó mano de su móvil y me enseñó una foto. – Esta paloma —explicó—, debe de tener un ala rota, porque la lleva arrastras, y anda pero no puede volar. Yo, que tengo una tendencia casi enfermiza —alguna vez me ha intrigado esta manía, que he llegado a considerar si resultaría interesante hacerme psicoanalizar— a guardar cajas, botes, lo que sea, cualquier cosa que pueda taparse o cerrarse (si no puede taparse ni cerrarse no sé por qué pero ya no me interesa) en la idea de que, oye, y si algún día me viene bien para algo, ¿eh?, cuando tiro muchas otras cosas sin tanto miramiento dije, sí, tengo dos muy buenas en el trasterillo del sótano. – ¿Dónde la has visto? —pregunté según bajábamos. – Cerca — respondió y, en tono un poco impaciente, que como a cinco minutos andando (que calculé en mi caso hubieran sido unos veinte; él es muy alto, joven, de piernas largas) pero que, por el alrededor, había visto un gato merodeando… – Oh… Y se marchó presuroso con la caja y mi ruego de, por favor, ponme un WhatsApp contándome en qué queda la cosa. Una hora después: Foto de paloma muy campante, en la caja, en su casa, con recipiente con agua. Y que le pusiera pan o algo. Le pedí. – Claro — entendí; aunque a eso no contestó pensando, seguro “te debes de haber creído que soy tonto”. Lo que sí me explicó es que “mañana” —domingo, a la sazón— o, si no estuviera abierto (que no estaría), el lunes (hoy) lo llevaría a algún centro de rehabilitación. Domingo: – ¿Qué tal la paloma? —mi WhatsApp. – Está más tranquila —el suyo. – Es posible que ahí, tranquila y quieta, en unos días se le suelde sola. – Pero es que es en unos días cuando yo vuelvo a Andalucía, y no creo que de tiempo. Mañana la llevo (A un sitio en Majadahonda que conocía, porque una vez llevo un vencejo, pero no recordaba el nombre). – Vale —muy tranquila yo, también, porque me dije “no te veo yo madera de dejar a la paloma abandonada a su suerte así como así”—, y me cuentas. Hoy, hará un par de horas: WhatsApp: Jajaja qué estoy literalmente 200 metros del centro de aves, y la paloma parecía muy animada, abrí la caja y fue volando – ¿Pero volaba bien? —yo, por el teléfono. – Perfectamente. Esto es un bosque. Arriba de un árbol. Y que había visto a dos mujeres, también con una caja, y que le dijeron “pero a lo mejor no la cogen. Sólo aves salvajes. Abre la caja a ver si vuela”. Y todo eso después de la peripecia de ir, venir, poder cogerla porque seguía en el mismo sitio (sin haber sido agredida por el gato), viajar en metro hasta Latina, y hoy, en tren hasta Majadahonda. Y nos hemos reído. – Pues, de haberlo sabido —le digo—, podrías haberte quedado en el Retiro, mucho más cerca- – Ya, pero —y se ríe—, cómo podíamos saberlo… *** Y a cuenta de esta historia me he quedado pensando en cómo a base de circunstancias...
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2403317531799
Cinco algarabías para Aracne
03/31/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/A/aracne.pdf Versión nº 1 Aracne, desdichada, urdiendo milamores que incurrentes en délficas inmolaciones de sincrónicos, edáficos laberínticos sinécdoques exhalando alheñares impertérritos para escrofulosas o antitéticas Euménides daltónicas destejen, se desmiembran, descuartizan el agónico fragor del debatir la impavidez frente a la ira, palidece inerme, inoperante, acurrucada, aovillada en la prisión de la desidia, del para qué de su febril, tenaz y laboriosa fracasada finta. Versión nº 2 Aracne, desdichada, urdiendo milamores incurrentes en délficas inmolaciones de sincrónicos, edáficos laberínticos sinécdoques que exhalando alheñares impertérritos para escrofulosas o antitéticas Euménides daltónicas destejen, se desmiembran, descuartizan el agónico fragor del debatir la impavidez frente a la ira, palidece inerme, inoperante, acurrucada, aovillada en la prisión de la desidia, del para qué de su febril, tenaz y laboriosa fracasada finta. Versión nº 3 Aracne, desdichada, que urdiendo milamores incurrentes en délficas inmolaciones de sincrónicos, edáficos laberínticos sinécdoques exhalando alheñares impertérritos para escrofulosas o antitéticas Euménides daltónicas desteje, se desmiembra, descuartiza el agónico fragor del debatir la impavidez frente a la ira; palidece inerme, inoperante, acurrucada, aovillada en la prisión de la desidia del para qué de su febril, tenaz y laboriosa fracasada finta. Versión nº 4 Aracne, desdichada, urdiendo milamores que incurrentes en délficas inmolaciones de sincrónicos, edáficos laberínticos sinécdoques exhalando alheñares impertérritos para escrofulosas o antitéticas Euménides daltónicas destejen, se desmiembran, descuartizan el agónico fragor del debatir la impavidez frente a la ira que palidece inerme, inoperante, acurrucada, aovillada en la prisión de la desidia del para qué de su febril, tenaz y laboriosa fracasada finta aguardando el despertar, nunca se duerme. Versión nº 5 Aracne, desdichada, urdiendo milamores que incurrentes en délficas inmolaciones de sincrónicos, edáficos laberínticos sinécdoques que exhalando alheñares impertérritos para escrofulosas o antitéticas Euménides daltónicas destejen, lo desmiembran, descuartizan el agónico fragor del debatir la impavidez frente a la ira palidecen inermes, inoperantes, acurrucados, aovillados en la prisión de la desidia, del para qué de su febril, tenaz y laboriosa fracasada finta que… entre los hilos de su tela duerme.
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Eyewear made in
03/30/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/E/eyewearmadein.pdf Lo encontré en seguida. Pedro dijo que lo había dejado en el alcorque de un árbol junto al aparcamiento de las motos; y allí estaba, negro, uno de tantos, helado y ya rígido y, en su vientre, al palparlo, no pude apreciar si era alguna de las hembras embarazadas. Luego vi a las dos; la grande ya parida – la conozco porque tiene un ojo raro – de no más que el día, la noche, anterior, y la pequeña, que está de menos tiempo, allí estaba también. ¿Dónde andarán tus hijos?, pensé, ¿cuántos serán? La blanca y negra, después de una semana reapareció, parida también… Al doblar la esquina de Velázquez un hombre sentado en un banco me esquivó, la mirada, se giró ostensiblemente para darme la espalda y, cuando salí de entre los setos que siempre se me enganchan en el pelo, no estaba ya. Llevaba un jersey azul, un jersey de esos que se notan tricotados a mano y hacen pensar que en la vida de quien lo lleva hay, o hubo, alguna vez una mujer que lo tejió; alguien que eligió con mayor o menor acierto éste o aquel color, tales o cuales agujas y punto inglés, o de arroz, o canalé, y una manga ranglan o pegada o… Una madre, o hermana o esposa o quien fuese que echaba este punto, y luego el otro, del derecho o del revés y mirando, la tele, o escuchando la radio o pensando o recordando o cavilando… Como mi madre, por ejemplo, que tejió muchos para mí siendo yo niña anda ven. Y me lo ponía sobre el brazo - la manga - y calculaba faltan tres dedos o, a veces, se le ocurría con un ovillo trasconejado en un cajón anda, mira, le podemos poner una cenefa; y unas veces la cenefa era a lo mejor un acierto, y otras no. Así que siempre siento un algo de ternura por quien lleva un jersey hecho a mano, porque hubo alguien que lo quiso, alguna vez, y se ocupó o preocupó porque fuese abrigado, y porque el jersey fuese bonito aunque, ya digo, mi propia madre a veces a mí misma me los hizo feísimos. Alguien que alguna vez le dijo tienes mala cara o qué has comido o esas compañías que frecuentas y no me gustan ni un pelo ya veremos si a la larga no… Aquel hombre era de mi edad, más o menos, y parecía desolado o perdido o atribulado; un hombre de campo, o de pueblo, sin arraigo en la ciudad ni versado – se le notaba – en cómo buscarse la vida; un hombre que tampoco era un mendigo porque los mendigos llevan consigo multitud de cosas y aquel no; nada y las manos vacías. Luego, al volver a casa fumando el cigarrillo por el bulevar y pensando esta noche se oyen menos los pájaros, lo volví a ver acurrucado ahora, entonces, aovillado y durmiendo o simulándolo al resguardo de un recodo de la fachada del Vips. La gata del registro me esperaba – bueno, a su postre que es el puñadito de pienso para cachorro que reclama a maullidos cuando me oye, o huele, el ruido de las pisadas por segunda vez – y, al cruzar la calle de Francisco Silvela anudando la bolsa que contiene el poco que había quedado, para mañana, un luminoso con la cara de una joven muy guapa, muy tersa, muy angelical con gafas de sol con montura negra, anunciaba Prada eyewear made in… Pensé el mundo es desmedido y todo en él es desproporcionado, pero me consolé recordando que el gato atropellado no era ninguna de las hembras embarazadas; y que el hombre que tan desamparado parecía llevaba un jersey hecho a mano, y que alguien que lleva un jersey hecho a mano tiene quizás un alguien a quien decir perdí la llave y no quise despertarte. Recordé también que dando tumbos por algún cajón tengo, desde hace años, unas gafas de sol, con montura negra, que en la patilla que no se comió Sánchez pone Ives Saint Laurent, made in Italy. Sánchez es mi perro; yo soy, por tanto, entre los dueños de perro del barrio, la "señora de Sánchez". 5 de abril de 2008
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Fractal
03/30/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/H/fractal.pdf Una vez, cuando era muy niña, no tendría más de 7 años —que a lo mejor incluso menos, pues recuerdo que me llevaban de la mano y mi brazo estirado hacia arriba—, caminábamos por un campo, en un pueblo de la Mancha, y me quedé fascinada mirando algo que me pareció maravillosamente bello. A estas alturas de mi vida no sé si tengo medio claro qué es un fractal, de manera que entonces imagínate… Fascinada mirando aquel brillo, aquella tersura, aquel fractal absolutamente perfecto, aquella… no sé, ¿geometría? Miraba embelesada, absorta. La persona que me llevaba tiró de mí; y caminé mirando hacia atrás, sin acertar a apartar la vista y pensando vaya usted a saber quién sabe qué. A lo largo de tantos años como han pasado me vuelve a la cabeza a veces y, casi siempre, cuando veo algo que es oficial o “políticamente” bello. Y, pienso “mira, sin pensar y con el culo”. Era una caca, de vaca, recién hechita, aún no deterioradas su perfección, su armonía, su belleza por la acción de los elementos ni por eso tan cruel y despiadado que llamamos tiempo. Y la vaca, tan irracional, tan sin darse cuenta, tan sin esfuerzo alguno, tan sin envanecerse de haber creado una obra de arte. Del amor, sin embargo, no creo haber vivido una experiencia tan fehaciente, tan sorprendente o impensada, que me anime a afirmar “esto es, absolutamente” sin la sombra de una duda. Que —ahora que lo pienso—, pensándolo bien caigo en la cuenta de que a lo mejor es porque ya sí sé que pienso, y también qué. “Lástima” —Pienso. 14 de junio de 2023
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2403307527788
Hazlo tú misma
03/30/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/H/hazlotumisma.pdf Por alguna razón que no aparece en el sueño y por tanto desconozco necesito salir de mi casa, pero, por alguna razón que tampoco aparece, la única forma de acceder al exterior es la ventana de la cocina. El problema es que estoy en un quinto piso. Decido saltar al patio de luces. Y salto. No es que me lance por la ventana, es que salto voluntariamente y como única posibilidad, sabiendo (tengo la certeza) que me haré un poco de daño pero que no voy a matarme. Me noto caer, despacio. Estoy cayendo con mucha lentitud, en posición de pie, y no tengo ningún miedo. Cuando llego al suelo me poso, con suavidad, como si fuese un pájaro. Pero no estoy en el patio de luces sino en el patio al que se accede por la puerta de cristales y barrotes de hierro del fondo del portal. Esa puerta está cerrada (siempre, en la realidad) con llave y la llave la tiene el portero. Miro a través del cristal y a cada vecino (vecina, que todas las que van y vienen al otro lado son mujeres) le hago señas para que se acerque - quiero pedirle que busque al portero para que abra - pero o no me ven o no me hacen caso y siguen su camino. Una mujer me hace caso, y se acerca, pero por señas me hace entender que no me oye y, con una llave que ella lleva, abre la puerta y cuando le hablo me contesta (no recuerdo las palabras) pero algo de que el portero no está o ella no sabe dónde. Se marcha, sin volver a echar la llave, y yo empujo la puerta y me quedo esperando a que venga el portero (para abrir una puerta que ya está abierta). Sólo después de haberla empujado me doy cuenta de que no hay ningún obstáculo. Que sólo tengo que cruzarla para entrar al portal que comunica, para mí igual que para todos los demás, con el exterior sin ninguna dificultad... 26 de julio de 2016
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