No había nada más allá de ese marco, el pasillo delimitaba mi realidad. El comedor era, a mis ojos de niña, una enorme mancha mostaza en una camisa blanca. Aquellos tonos anticuados, los granates como tomate pasado, en medio la mesa redonda, predilecta en todas las cenas. Las comidas las hacíamos en el jardín trasero, cuya puerta estaba en el comedor, justo a la derecha nada más entrabas.
Me encantaba sentarme frente a aquellos umbrales divididos, como dos mundos colindantes que jamás se tocan.
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