Esta es la historia de una de tantas personas que viven apartadas del estresante mundo, de los centros comerciales, del Mercadona, de las grandes superficies… Personas que viven en un entorno de paz y remanso donde cualquier cambio supone una ruptura con su realidad. Donde la leche sale directa de la ubre de la cabra, el queso es del día y se sigue haciendo de manera artesanal. Donde no importa si llevas puestos los pantalones de hace diez años, porque la moda, no se estila en este lugar.
Este es el retrato de una persona que se rige por sus propias reglas, que nunca ha salido de su isla ¡Qué digo de su isla! ¡De su pueblo! Es más, no ha salido de las lindes de su terreno. Más allá de sus tierras, hay todo un mundo inexplorado por conocer. Aunque hay que andarse con cuidado, porque las gentes que allí habitan pueden tener dos cabezas, un ojo en la frente y hablar en Yupik, o eso es lo que le decían a nuestro protagonista sus padres antes de morir y quedar huérfano, dejarle la herencia y no decirle lo que hacer con ella. Lo que sí hicieron es dejarle dicho a los del supermercado del pueblo lo que tenían que llevarle dos veces por semana: pan, huevos, leche, cereales… que se lo dejaran en la ventana y tocaran tres veces la campana. A él, le tenían dicho:
<< ¡Nada de contacto! Saca la mano y paga. Nunca se sabe quién puede estar tras la puerta. >>
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