Hoy el cielo está triste, parece que va a romper a llorar de un momento a otro. Distingo a lo lejos un destello de luz que me ciega los ojos sin descanso. Aparto la mirada de ese punto brillante que sin compasión alguna me quema las retinas.
El viento roza mis brazos provocando el entumecimiento total de todas las parte de mi cuerpo. Bajo mi delgada nuca se eriza el rubio vello gracias al único y delicado beso que me proporciona la brisa. Mi melena no ondea, es extraño, ni si quiera el bajo de mi vestido se digna a aceptar las suaves caricias del aire. Huele a humo y caen cenizas del cielo. Esta situación es nueva para mi.
Desaparezco.
Estoy pisando sobre las brasas incandescentes de lo que antes era un fuego abrasador. Me rodean cuatro paredes a las que solo da luz este minúsculo conjunto de brasas aun encendidas sobre las que me hallo en este preciso momento.
Cada paso que adelanto supone un dolor insufrible que se clava en lo más profundo de mi alma. Mis pies se queman y el humo inunda mis fosas nasales.
Un robusto tronco de madera aparece tras mi espalda, al cual me encuentro atada de manos derepente. El roce de las cuerdas queman mis muñecas hasta convertirlas prácticamente en el hueso que les daba forma. Mis pies ahora inexistentes parecen rocas deformes.
Grito y pido auxilio con las pocas fuerzas que mi cuerpo soporta. Nadie responde a mis audibles quejidos. Grito de nuevo. Pido ayuda. Sollozo. Me odio. Odio las brasas. Odio a mis pies y manos ya inservibles. Jadeo. El humo inunda todo el cuarto. Las paredes mugrientas se juntan. Las brasas crean el fuego que sube por mis delgadas piernas. Muero, sé que estoy muriendo. Esto me supera. Gotas de agobiante sudor caen de mi frente hasta mis mejillas juntándose a su vez con mis lágrimas saladas. Lágrimas que se convertirán en la sangre del dolor derramado de la herida que profundiza en mi desgarrado corazón que late con fuerzas.
Despierto entre un charco de sudor impregnado en las sabanas blancas de mi confortable cama.
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