Él se paró delante de aquella preciosa tienda: una curiosidad más que fotografiar. Se fijó en su interesante nombre: "Cosas Antiguas del Mundo".
Entonces ya no ha podido resistirse a entrar. El local olía a maderas nobles y a incienso aromático. Del techo colgaban lámparas de cristal delicado y reluciente que reflejaban el encanto del local. Fue después de observar muchas piezas y conversar con el amable tendero, que se fijó en aquel teléfono. Parecía muy antiguo: negro con detalles dorados. Eso ha hecho con que volviera a su mente un recuerdo de la más tierna infancia: estaba junto a su abuela, que había vivido en un pueblo de los alrededores, cuando había sonado un teléfono. Ella había descolgado y contestado: - ¡Hola, soy Adelaida!
Le hubiera gustado tener más recuerdos de su abuela, pero ese era el único.
Ese fue el factor decisivo para que se llevara el teléfono de la tienda. Además se quedaría muy bien en la mesita de noche de su pequeño piso. El aparato era caro, a pesar de ya no funcionar. Después de instalar la pieza, se acostó. No mucho tiempo después, se despertó con el sonido: ring-ring...
Miró el reloj: era exactamente la medianoche. Apagó la luz de la mesita y pensó: - ¡Menuda pesadilla... recuerdos de infancia! A la noche siguiente volvió a ocurrir lo mismo. De esa vez se levantó. Confirmó que no había ningún cable conectado a la pared y oyó el auricular: silencio total. La tercera noche lo pilló con insomnio. No hacía más que mirar al teléfono negro y dorado. Aquello ya no le hacía ninguna gracia. Ring-ring... no, no estaba soñando. Encendió la luz de la mesita. Ring-ring... Un escalofrío le recorrió la espalda... ring-ring... gotas de sudor le corrían por la frente. Armado de valor, se acercó al aparato y lo descolgó. Una suave voz femenina, que él reconoció inmediatamente, le dijo con dulzura: ¡Hola, soy Adelaida! Sigo aquí.
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