Foto por Hernán Piñera Se miró al espejo del cuarto de baño, e, igual que Dorian Gray, descubrió su retrato devastado por el paso de los años. Pero al contrario que Dorian, no le dio especial importancia a los estragos del tiempo, por ejemplo a su papada, o a las arrugas que le acorralaban los ojos. Ni se fijó en los goterones de sudor que le rezumaban por cada poro de piel. Por contra, sí le llamó la atención, y mucho, la vulgaridad de su rostro. Se descubrió, de repente, como un hombre ordinar
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