Nat siempre estaba de buen humor, siempre dispuesto a escuchar un buen chiste y era famoso por ello. También era famoso por su integridad intachable. Un estrechón de manos o su palabra valían tanto como un contrato firmado. Actualmente, veinte años después de su fallecimiento, aún tropiezo con gente que le conocía y me explica historias relacionadas con su integridad y con el corazón que ponía en los negocios. En una ocasión, acordó por teléfono [...]
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