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¡Hala, ya está!
04/25/2024
Leontina
http://valentina-lujan.es/A/peroloquepr.pdf Pero, lo que pregunta en realidad, es: – ¿Así que eso es todo? – Bueno ― contesto ―, naturalmente tengo… bueno, mira, ya lo has visto (y le enseño la página en que he hecho las anotaciones en rojo indicándole, con el bolígrafo, la palabra “Desarrollar”); pero creo que entre lo de mi madre, y lo de tu novia, y lo de la señora de la limpieza y unas cuantas cosillas más, me parece que lo de tu nov… – Lo de mi novia ― dice, sin dejarme terminar el planteamiento ―, casi va a ser mejor que lo olvides o, por lo menos, lo dejes de momento un poquito aparcado. – ¿Eso precisamente? – ¿Estás queriendo decir que no te entusiasm… – No. – O sea: que sí te entusiasma. – ¿No te he dicho que no? – Pero, una criatura tan deliciosa… De acuerdo que lo que se dice una beldad no será, eso ya lo sabemos, ¿pero estás seguro de que con el resto de sus innumerables atractivos no t… – No, no tenemos suficiente. – ¿Lo has pensado bien? – No hay que pensarlo mucho. No tenemos, es más que evidente, ni los elementos de juicio, ni la madurez imprescindible para embarcarnos en una historia de amor. Así que… – A ella no la conozco, pero tú, madurez, si no recuerdo mal yo soy tan sólo unos meses más jóvenes que tú, y ya no voy a cumplir los… – ¿Y qué quieres decirme con eso; o es que piensas acaso que porque sólo seas un poco más joven ya eres un viej… – ¡No; por supuesto que no! Pero sí lo bastante adulto como para darme cuenta de que ya va siendo hora para determinadas cosas. Luego, va pasando el tiempo y, cuando quiere uno darse cuenta… – No, si algo de razón puedes estar teniendo. Pero, aun así… – Venga, hombre, anímate. – No seas terco, ¿quieres? – De acuerdo, de acuerdo; lo que tú quieras y como tú lo quieras, yo tan sólo soy un aficionado en estas lides, pero, estoy plenamente convencido de que todo lo relacionado con el amor da much… – Oh, sí. Muchas alegrías, muchas satisfacciones, pero tan… No sé, hace falta mucho tacto, mucha destreza, una sensibilidad muy especial para desenvolverse con soltura en un terreno tan delicado como es el del amor y, sobre todo, como es nuestro caso, cuando no queremos bajo ningún concepto caer en tópicos ni en lugares comunes ni en… – Ah; no, claro. Nosotros “no queremos caer en tópicos”, nosotros ― creo que me estoy empezando a cansar de que ponga pegas a todo, y debe de ser por eso que me pongo un poco impertinente ― “huimos como alma que lleva el diablo de los lugares comunes”, nosotros “somos seres diferentes al resto de los mortales”, nosot… – ¡Hombre ― me corta ―, no digo yo tanto! No digo yo tanto, pero… Todo aquello, cuando lo del Retiro… ¿Te acuerdas? – Sí, claro ― me acuerdo ―. La primera vez, por cierto, que me hablaste de ella. – Exacto. Mientras mirábamos las barcas y todo eso, ¿verdad? – Justamente.
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Continuará
04/24/2024
Lola
https://valentina-lujan.es/P/Continuara.pdf Y aquí está, a mano, de su puño y de su letra, tal como usted lo escribió aquella mañana en el ministerio cuando al mirar el reloj se dio cuenta de que estaban a punto de dar las tres y no tendría, por un lado, tiempo de profundizar en las elucubraciones a que lo había conducido la sensación fugaz (pero inquietante ) de que tal vez Sonia no era del todo creación suya y, por otro lado, de crear un interlocutor que diera la réplica — porque sabido es, por cualquiera que haya incurrido en la torpeza de pretender que otro comprenda cómo uno se siente frente a qué remueve en él tal o cual determinada vivencia, que el intento será vano, y que ese otro interpretará lo verbalizado y etc. Y, abajo, a la derecha, “Continuará” escrito a mano y, como de costumbre igual que en el anterior — y a lápiz, también como de costumbre, para después poder borrarlo sino sabe seguir —, en el reverso de un expediente que, como de costumbre , guardará en su carpeta con la intención de devolver a su lugar tan pronto yo , que soy una profesional muy de fiar y enormemente competente , le dejase pegado en el cristal de la ventana el correspondiente post-it. P.D. ésta es en líneas generales mi idea; pero usted decide. Lo que sí que he decidido es el adorno con la oca 45 y el distintivo 11 ; porque me han gustado a mí. Pero si alguien le reclama derechos de autoría cámbielo, que a mí me da lo mismo. Y ahora me marcho, que son las dos y media.
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¿Continuará?
04/23/2024
Amalia la de las pulseras
https://valentina-lujan.es/A/Y%20es%20que%20en%20aquel.pdf Y es que en aquel momento, el instante en que por un cúmulo de circunstancias — estúpidas todas pero confabuladas, amparándose y solapándose las unas en las otras que es lo que siempre hacen los cobardes que no se atreven a una vez cometidas sus miserables acciones dar la cara — me vi obligado abandonar mi trabajo pensando que lo reanudaría en apenas los pocos segundos que iba a llevarme el contestar el teléfono diciendo que no, como todas las tardes, cuando una voz anónima me invitaba a cambiar de compañía telefónica o, si aquella invitación fallaba, otra me ofrecía un apartamento en la playa en multipropiedad, me asaltó la duda, sin poder concretar un porqué, de si en verdad las cosas continuarían siendo tan sencillas y el discurrir de las horas y de los días tan amable como lo venía siendo desde que empecé lo que di en considerar “mi obra”. Por eso coloqué el “continuará” entre interrogaciones. Coloqué las interrogaciones y me disponía a enfilar el pasillo en dirección al teléfono pero, apenas dados los primeros pasos, sonó también el timbre de la puerta y, tras dudar unos instantes qué hacer primero, opté por abrir la puerta (sería el cartero con una multa de tráfico y siempre es mejor, me dije, cogerla que tener que acudir a buscarla a correos o que esconder la cabeza debajo del ala y no ir, y quedarse con la zozobra de no haber aceptado quién sabía si la notificación de que un tío lejano del que se desconocía la existencia ha fallecido en el extranjero y me lega todos sus bienes) en la esperanza de que, entretanto, el teléfono dejase de sonar. Desanduve por tanto el poco trecho que había caminado por el pasillo y, cuando ya casi tenía la mano en el picaporte, me percaté de que en el suelo había un sobre que apenas unos minutos antes — nótese que apenas llevaba cuatro renglones escritos, lo que dará idea del poco tiempo que hacía que me había sentado a trabajar — no estaba ahí. Miré por la mirilla y en el descansillo no había nadie, con lo que supuse que el cartero lo deslizó por debajo de la puerta y se marchó, pero, al dar la vuelta al sobre, que estaba boca abajo y no llevaba remite, vi que tampoco llevaba franqueo ni nombre de destinatario, y sí tan sólo, y escrita con ordenador y con la misma letra del mismo tamaño y el mismo color y el mismo grosor que yo utilizo, una pregunta tan desconcertante como “¿cómo llegaste al laberinto 42?”; pero no mucho más que la que me formuló la voz de Lola cuando, atribulado y confuso, acudí a atender el teléfono.
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2404227727203
¿Quiénes somos? Versión uno
04/22/2024
Tía Esmeralda
http://valentina-lujan.es/V/versiuno.pdf La respuesta no parece, en un principio, que pueda resultar problemática; no tiene uno, o una, o un hatajo ― o una multitud por aquello de no ningunear a género alguno de especímenes ― más que llegar y decir pues yo o nosotros o nosotras somos Fulanito de Tal, o Perenganita de Cual, o estos/as o los/as otros/as o los/as de más allá e hijos/as, todos/as y cada uno/a, de nuestros/as respectivos/as padres/as... No, mira, ahí nos hemos equivocado, pero en un alarde de humildad y de saber no ocultar nuestros errores lo vamos a dejar como está y seguir, como si tal cosa, aunque saltándonos - eso sí - las obviedades que todos damos por sentadas en lo que concierne a nuestros semejantes que, como si vamos al diccionario de sinónimos encontraremos que son "similares", o - eso también - "parecidos/as", a nosotros/as mismos/as, ¿no?, que es de quienes estamos hablando, si no hemos perdido el hilo y, por tanto, portadores/as tanto unos/as como otros/as ― aparte de "de valores eternos", que también se da por sentado y no sabemos si vamos a tener sillas para tantos/as ― de obviedades tan nada diferentes de las propias que para qué repetirlas, nosotros, por puro sentido común y del ahorro, nos atenemos a la más estricta de las lógicas y no las repetimos… ¿O sí lo hemos perdido? El hilo, que sería lo grave; porque el sentido común ― ¡una cosa tan corriente! ―, cuánto ni qué puede importar cuando, además, nos queda el propio, de infinitamente mayor enjundia y entidad. Y si lo hemos perdido, Dios no lo quiera, sí que la habremos liado porque nos pasará como, hace apenas unos días sin ir más lejos, nos sucedió a nosotros en nuestras propias carnes mortales cuando buscando… pues qué podía estar siendo, que así al pronto no caemos… Bueno, pues no sabemos, pero un destornillador... ¿Qué estábamos diciendo? Ah, ya; que para coger la pinza de la ropa con que sujetar el estor averiado del cuarto de estar y poder así abrir la ventana… Pero tampoco vamos a extendernos en eso porque, nos figuramos, quien más quien menos ya cuenta con sus trucos propios para abrir sus ventanas. Además, la ventana la terminábamos de cerrar; así que, la pinza… Bueno, mira: es igual. El caso es en resumidas cuentas que fuera por la razón que fuese buscábamos algo y derramamos, sin quererlo, la copa de algún néctar repuntado que nuestra memoria se obstinó en despertar como ambrosía… Así: sin esperarlo. La dejamos hacer ― a la memoria ― y, con deleite, lo aplicamos con las yemas de los dedos en las sienes, y en el cuello, y detrás de las orejas y en la frente, y aspiramos el olor evanescente del antaño mientras se demoraba ella por entre los jirones de las tardes ociosas en que, lejos de los lugares más o menos comunes que hoy se nos figuran tan exóticos, lejos también de sospechar siquiera que pudiera existir un “mañana” distinto de aquellos que se desperezaban en amaneceres tan iguales, éramos algo que, por cierto, la última vez que alguien lo mencionó ya dio problemas porque ― la más corpulenta de las Soriano ― que pero, bueno, eso es muy elástico… – ¿Elástico? ― Doña Asunción ― ¿Cómo cuánto exactamente de elástico? –Como muchíssssimo― acompañando su ese tan larga, la otra, con un movimiento amplio y lento de la mano. – ¡Vaya por Dios! ― cabeceando ésta como quien se contiene para no exclamar ¡lo que hay que oír! Y, girándose a su propia hermana ―: ¿Qué te parece? Y la hermana se limitó a ladear un poquito la cabeza y volverla a enderezar como queriendo dar a entender ea. –Ea ― doña Asunción ―, no; Amparo. –Pero ¿cómo ― la Soriano ― que ea no? –Pues como que no, sencillamente. –Mira, Asunción, yo tengo mucha, pero que muchísima correa, pero, si hay algo que verdaderamente me molest… Porque, ¿quién no ha sido, si es que alguien me lo puede explicar, algo a lo largo ....
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La miel o las nueces que les añadía
04/22/2024
Doña Telma
https://valentina-lujan.es/P/pqlatianin.pdf Porque la tía Nines, lo habrá comprendido todo el mundo, era gordita… por decirlo suave. Pero nadie piense que era una de esas gordas despachurradas y destartaladas y sebosas. No. La tía Nines era una verdadera monería de gorda; sí, con su cinturita bien marcada, y sus tobillos finos y sus tacones de aguja; con sus t… su busto firme y muy bien colocado y sus manos tan finas y aquella boca tan bien dibujada y aquellos ojos suyos con aquella mirada tan vivaz y tan… Era, además, muy simpática… a su manera, claro, un tanto peculiar de igual modo que era, ya se ha dicho, una “casi preciosidad” pese a gordita; pero: simpática. Simpática porque siempre tenía en los labios una sonrisa y, en la punta de la lengua, una respuesta ácida con la que hacer las delicias de sus amigas que, hartas de las “frases de molde” ― locución acuñada por la propia tía Nines para referirse a las frases hechas con que las amigas y las amigas de las amigas, entre ellas, se martirizaban afables las unas a las otras ― la llamaban a ella, por teléfono, para salir de la rutina y dar un giro a sus conversaciones insustanciales. Así, por ejemplo, si la amiga se decantaba por los trapos, ella, Nines, aprovechaba la ocasión para tirarle de la lengua con pero, tesoro, tú eso te lo puedes poner; yo, sin embargo, tan gorda… La amiga, como es de suponer, se apresuraba a quitarle quilos de aquí y de allá con pero qué bobada, tú no estás gorda sino apenas un poquit…y, ella, Nines, sin dejarla terminar, mira, tesoro, a mí las cosas me gustan bien claritas y deberías saberlo, corazón… Además ― sonriéndole al auricular con aquellos hoyuelos ― soy gorda, sí, pero ciega no. Aunque no solía ser con las amigas ― tal vez porque por haberse elegido mutuamente y ser por tanto, en cierto modo y para según qué cosas, de la misma cuerda, las toleraba un poco mejor ― con las que más a fondo se empleaba en el tema de la acidez, que solía reservar casi integra para el ámbito estricto de la familia. Era con las hermanas y las primas con las que solía explayarse y sí, por ejemplo, la prima Palmira la telefoneaba y claro, le decía quejosa, como tú a mí no me llamas nunca… ella respondía con perfecta dulzura es cierto, preciosa; pero… ¿me has interrumpido, tan a gusto que estaba pintándome las uñas, sólo para regañarme o quieres algo más? Mamá ― es decir: Rosarito ―, o la abuela, si la oían dar estas contestaciones intentaban luego cuando colgaba reprenderla y, ella, contestaba huy pero si ha sido ella, que le encanta darme cuerda cuando está aburrida. Porque de ese modo, decía, la conversación daba un respingo y terminaban hablando de algo no “de molde” mientras que, si le pongo un achaque alegando que es que he estado tan griposa o con tal ataque de ciática que no tenía gana de nada, que es lo que hacéis todas, me habría terminado contando que pues ella tuvo una gastritis o que a Cosme ― su santo esposo ― lo operaron de la próstata. Y que ella por supuesto no le deseaba mal alguno a aquel embeleco petulante y untuoso, pero que no estaba en absoluto interesada en su próstata. Por eso, por su desparpajo tan fresquito, tenía tan buen cartel lo mismo dentro que fuera de la familia; en el aspecto amistoso, entiéndase, porque en el amoroso… Pero parece ser, según contaban, que es que todo lo relacionado con el amor y los amoríos ― que es como denominaba a lo que en su opinión eran acaloros y tejemanejes ― nunca le interesó o no tanto como para… no sé, que le habían comentado en cierta ocasión, pero a lo mejor debías visitar a un sexólogo, que lo mismo eres frígida… Ella contestó muy tranquila que pues a lo mejor… pero que la dejasen en paz de guarrerías. Porque un poquito rara sí que era, la tía Nines. Y en su rareza denominaba guarrerías a… bueno, ya entiende cualquiera que el primordial de entre todos los primordiales de entre todos los porqués y paraqués de la vida. Porque sí, y habrá que insistir y volver sobre ello una o mil veces más, la tía Nines era, aun en su aspecto tan normal, un espécimen humano ciertamente extrañísimo. Cuentan, contaban, que con el transcurrir de los años se fue haciendo ― como suele ocurrir cuando se envejece ― cada vez más… Fue poco a poco cortando, aunque sin sangre, con todas las que fueran alguna vez sus amistades. La cansaban. Detestaba la música ― las canciones, sobre todo, principalmente las románticas en las que se hablaba de roces, y de cuerpos, y de labios, y de tactos, y de alientos y de pieles ―, y el cine, al que desistió de acudir porque “¿para qué, si tengo que marcharme de la sala cuando empiezan con esos jadeos que me dan tanta grima?”; y la literatura y la poesía. Terminó, en fin, por desagradarle casi todo. Y cada día más rara. Vivía sola, lejos de todo y todos salvo de, a saber: un perro, infinidad de gatos, una pecera con tres peces y dos hámsteres… (fuera estos, claro está, de la pecera y sí en sus respectivas jaulas). Nunca...
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2404227721553
O "poco menos", según se mirase
04/22/2024
La abuela Romana
https://valentina-lujan.es/trans/Pocomas.pdf o “poco menos”, según se mirase, porque tenía ella, “tengo yo” ― decía, siempre a modo de comentario anexo ― la sensación de estarse moviendo por uno de esos bordes tan afilados de ciertos conceptos resbaladizos ― y, como dijo alguna vez la tía Melinda, sotto voce porque “hay ciertas ideas” que, como se barajaban apenas como hipótesis, más valdría que “no les demos más carta de naturaleza” de la que mereciesen y las dejáramos así, en esa especie de letra pequeña que tantísimas veces no se lee ― en los que si no anda uno con cuarenta ojos se termina sin estarlo buscando por perder pie o por facilitar parte de una información confidencial a la que, en su opinión, nada más “se debe dar acceso a los más íntimos” y no al primer extraño que llegara y fuese recibido con los brazos abiertos como quien dice porque alguien “lo presenta con un somos como hermanos” para luego terminar resultando que era nada más un compañero de farra que, a la hora de la verdad, se echaba atrás y te dejaba en la estacada porque por una razón o por otra ese día, justo aquel en que lo necesitabas después de haberte quebrado los cascos y hacer un montón de reajustes para adjudicárselo, venía a resultar que tenía otro compromiso y no podía.
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Caramba
04/22/2024
Emerencio
http://valentina-lujan.es/trans/Caramba.pdf “Caramba” en vez de cualquier otra palabra algo más gruesa porque — si bien los recuerdos de Aspasia y los míos eran, son, decía por ir aligerando cualquiera de las dos Fuenfría prácticamente idénticos salvo en pequeñas diferencias… ¡y de Proserpina no se disponía de datos muy concretos porque Luzmila era un verdadero desastre! — ella, Aspasia , siempre estuvo mejor educada porque, por circunstancias sobre las que cada vez que se sacaba a relucir el tema papá, temeroso siempre de que un exceso de datos que memorizar pudiese distraerlo apartándolo de sus investigaciones, insistía en “eso saltároslo, que se puede obviar”, se había criado, y de ahí tal vez tantos puntos de afinidad como siempre tuvo con la abuela, con ella, en un ambiente bastante más selecto y tan distinto del que los demás gozásemos. Un sencillo y anodino “Caramba” que, si no venía a coincidir con la afortunada circunstancia de que la tía Melinda — que era la más exigente con lo que ella se obstinaba en denominar rigor histórico y Felipe el segundo llamaba llanamente minucias que no aportan absolutamente nada a la idea central que nos ocupa — estuviese discutiendo por lo bajo con el tío Aniceto, acarrearía demoras y algún disgusto porque objetaría, ella, que ahí jamás se había dicho semejante cosa sino… algo que deslizaba en el oído de su esposo seguido de la indicación de anda, dilo. El tío Aniceto decía entonces alguna otra palabra algo más gruesa y que por qué, de parte de la tía, se toleraban licencias tales. Era justo este — cuando apenas el tío Astolfo acababa de arrancar explicando que por cuestiones familiares la tía Bárbara se había criado lejos, con su otra abuela, una señora rica y elegante que le había proporcionado una educación costosa en un ambiente mucho más refinado que el que los demás gozásemos — uno de los tantos puntos en que mamá se ponía hecha el basilisco que solía y, furiosa, se encaraba con él preguntándole dónde estaba el gozo “dónde coño, que no sé ni cómo me contengo para no ahogarte, Astolfo” de haber vivido poco más que al filo de la indigencia aunque, en honor a la verdad — o eso era al menos lo que la madre de la prima Juliana decía — ella exageraba y no le hagáis mucho caso, ya sabéis cuánto la altera su herm… bueno, “medio”, claro, con sus delirios de grandeza sólo por contrarrestar.
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Casilla 30
04/19/2024
Indalecio
https://valentina-lujan.es/B/Casilla%2030.pdf Las maletas (de invierno, de verano y de entretiempo), los largos de piscina (que quedaron un poco cortos, por lo visto; y sé que le dije “¡pero cómo que cortos si son unos largos larguísimo que tuve que sacar unos trozos grandísimos a la terraza que he pasado muchísimo frío con la puerta abierta!”; pero dijo que es que eran para una olimpiada o algo así, así que le hice una rebaja y tan contento que se fue el cliente, todo estupendamente hecho y terminado (que hasta tres cuartos de hora que no corrían prisa; pero vino la suegra de la vecina y ella no estaba y me tocó el timbre y que si me importaba si hacía un poco de tiempo mientras volvía y le dije bueno porque pobrecilla como viene desde tan lejos; aunque no me los hizo muy bien, algunos minutos le salieron de más de cien segundos y, encima, tardó dos horas) y, como encima del asunto del convento puedo ir desentendiéndome porque fue un proyecto que no cuajó (y que yo sabía, de sobra y de antemano, que no podía cuajar… pues porque no; porque una vida conventual y de tanto retiro y tanto rezo no la saca adelante cualquiera y, como yo le dije, “¿usted va a saber labrarme a mí un futuro en esto?”) y lo del Facebook no corre prisa porque la clienta no los necesita hasta su cumpleaños, pues ahí que estaba tan a gusto yo con mi cigarrillo y sin remordimiento y nada que hacer así que, si esas eran las posibilidades que la jugada ofrecía (seis, arriba) y empezada ya que me la estaba encontrando. Así que busqué un dado que sabía yo que lo tenía en el cajoncillo de taquillón y lo tiré a ver qué deparaba la suerte y me salió un tres; así que eso era (que lo ve cualquier) el 33; que lo pongo aquí aparte y en rojo, a él solito en su archivo que le corresponde (que lo busqué yo y yo lo encontré), para que se vea bien.
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Aunque también los hay
04/19/2024
Etelvina
https://valentina-lujan.es/B/Aunque%20tambi%e9n%20los%20hay.pdf Aunque también los hay que dicen, porque donde somos tantos ya se sabe y cada cual además con sus ideas preconcebidas, que no, que no son caballeros cruzados ni templarios ni nada de eso sino los tres Reyes Magos siguiendo a la estrella. “Para gustos colores”, se dijo siempre, ¿no es verdad? Pero ahora debo marcharme, que ya voy retrasada aquí, de conversación con usted y mi marido metiéndome prisa con “todavía tienes sin hacer el equipaje”. No sé qué llevar, ¿qué se puso usted la última vez que estuvo en las cruzadas? Bueno, ya nos veremos.
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2404197691337
Sin hacerse, jamás, preguntas que pudieran ser respondidas con una abviedad
04/19/2024
La madre de las Fresnedo
https://valentina-lujan.es/trans/Sinhacersejamaspre.pdf Tal vez por eso no mostró nunca interés ― aunque ni doña Consola ni la hermana lo mencionan ― por saber quién había sido, nada más por poner un ejemplo, un tal don Heliodoro al que no era posible no acudir mentalmente al referirse a la habitación de la enferma, grande, con balcones y muebles de madera maciza y oscura y cama con dosel, una hermosura de habitación, en suma, la mejor al parecer de la casa de aquel señor se decía que muy rico y de apellido extranjero que vivía al otro lado del parque y, como no se relacionaba con nadie y se sabía poquísimo de él, resultaba un terreno maravillosamente abonado para ― si quien le echaba el ojo era persona práctica con alma de agricultor ― plantar suposiciones que arraigaban sin sentir y «serán la envidia, ya lo veréis, de todos cuantos hasta la fecha no han tenido agallas para aventurar ni la más pueril de las hipótesis», o un campo amplísimo, una extensa pradera en la que se podría ― caso de que cayera en manos o en mientes de algún zángano o vago o desocupado u holgazán ― dar rienda suelta a la birlocha de una imaginación multicolor y multiforme que se elevaría en el cielo azul grácil y airosa o, por poner otro ejemplo — como cosa excepcional, hay que decirlo, habida cuenta de que los segundos ejemplos se solían reservar para ocasiones muy señaladas o casos de extrema necesidad —, quién la había casado a ella con un tipo como papá. Porque papá, tal vez por aquello de la complementariedad aunque por supuesto al buen tuntún y sin querer porque la psicología era una de las tantas materias en que andábamos peces, era otra cosa; entendiéndose por cosa “cosa”, propiamente y en toda la extensión de la palabra habida cuenta de que papá era, entre nosotros, algo muy similar al paragüero o, con mayor exactitud y dada su corpulencia, al enorme buda de granito y sonrisa imperturbable que llevaba sentado en el jardín - éste sí recoleto y alfombrado - sobre un pedestal de lo mismo con leyenda en relieve, que nunca leímos nadie porque aparte de estar en otro idioma no se veían las letras tan erosionadas por la lluvia y el viento, un par de siglos o tres. – Porque la casa — siempre tenía que haber alguien que lo explicase pero, si Purificación no estaba o no quería esa tarde entrar por lo que fuese, podía hacerlo cualquiera puesto que era algo que sabía todo el mundo — era antiquísima y había pertenecido a otras gentes. Papá, en cambio, siempre había sido nuestro — y esto, que también tenía inexcusablemente que haber alguien que lo explicase aunque no era forzoso que fuese el mismo alguien anterior, comportaba el compromiso implícito de apostillar «de la familia, del entorno, quiero decir» que Purificación solía pasar por alto al objeto, aducía al ser amonestada, de no interferir en el ritmo al que debían sucederse los acontecimientos —, una especie de presencia de la que tan pronto íbamos alcanzando el uso de razón empezábamos a ser vaga, muy vagamente conscientes y a intuir que estaba en algún lugar...que no era el jardín, ¡Dios nos librase!, porque por alguna suerte de agorafobia o algo muy similar que lo aquejaba desde la infancia aborreció siempre los espacios abiertos, en general, y...debería decirse, «nuestro jardín, en particular», pero jamás se dijo porque por qué hacer algo tan incongruente, ¿eh?, ¿sólo por fastidiar?; y por fastidiar era del todo impensable porque, a papá, literalmente, se le adoraba. Sí, se le idolatraba; se le rendía culto y se le obsequiaba con ofrendas que eran depositadas con devoción a la puerta de lo que en un principio se llamase cuartillo del lavadero y luego se denominó sucesivamente y en función de las necesidades que el momento impusiera con nombres que iban, de boca en boca, desde “el oratorio de la abuela” con su reclinatorio de terciopelo rojo y sus hornacinas con mártires y vírgenes hasta “la sala de juntas”, en la que se reunían el abuelo y sus amigos después de comer, para la partida, enfrascándose tanto aquí y allí en el juego y las salves que no se enteraban de qué se les estaba hablando y había que repetirlos ― los nombres, sí; y hasta a veces también los caminos a los que con frecuencia se perdían en la casa tan grande ― varias veces, gritando incluso procurando no hacer ruido y susurrando en aras de una paz y un bienestar domésticos que se verían muy alterados si llegaban a oídos de Quiteria nuestros ires y venires por el pasillo, a altas horas de la noche — que se despertaría sobresaltada y la emprendería con cualquiera de las peroratas que, a modo de letanías, recitaba siempre en el mismo orden y a voz en cuello — o, ya de día, a conocimiento de Fuensanta que habíamos estado hurgando en la basura. Pero nadie imagine que nada más le llevábamos trozos mordisqueados de sándwiches mohosos o peladuras de patata y manzanas podridas. También elegíamos para él moscas muertas, cagarrutas...
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Se ponía como un verdadero basilisco
04/18/2024
José María
https://valentina-lujan.es/trans/Seponiacomounverdad.pdf cuando el tío Gonzalo, su medio hermano, en exceso proclive al lenguaje poético, aludía al viejo baúl “do dormitan” – decía, en palabras textuales – los trajes tan preciosísimos y las gargantillas, brazaletes, y demás aderezos de la tía abuela Isabelita o cuando, en las tardes tristonas de invierno todos allí alrededor de la chimenea, se le pasaba por las mientes a alguien ponerse a recordar tiempos pasados y él evocaba las rosadas mejillas de Jacinta. –No es ningún viejo baúl, Gonzalo — protestaba tratando de controlar su enfado —, es sencillamente un baúl muy viejo. Y, secándose a continuación las manos que se había lavado en la vieja jofaina… “o palangana desconchada; mejor ― precisa, no doña Gloria sino la hermana ― para no disgustarla”, del aguamanil que fuera antaño de la habitación de don Luis, que en lo «tocante a las mejillas de Jacinta, ¡Gonzalo, por favor!», rogaba, lo que sucedía era sencillamente que estaba siempre colorada como un tomate y, ella, «hasta las narices, Gonzalo, de tu jodida manía porque, vamos a ver, Gonzalo, ¿qué sentido tiene el querernos pintar la realidad como hasta el más tonto de la familia forzando al levantar de forma maquinal, involuntaria, los ojos al techo sin intención y sin percatarse de cómo nos complicaba la vida a todos con esa falta de dominio sobre sus impulsos, a que el tío Apolonio, tan comedido, se sintiera obligado a intervenir y mitigar la dureza de sus palabras con un «¡disminuida!» pronunciado con su proverbial dulzura y elevando, él también, los ojos al techo haciéndonos perder un tiempo precioso y, total, nada más para que ella respondiese con un seco "y qué diferencia hay con lo que yo he dicho, eh", está al cabo de la calle de que no fue?». Y que no le destrozase los nervios «Gonzalo; y usted, tío, perdóneme pero ya sabe cómo soy» y, a nosotros, que despejásemos la mesa de la cocina y «tú», al primero que pillaba y sin discriminar miembros de la familia o invitados, que pusiera el hule y colocase los platos, que era la hora de cenar... «¿pues qué va a ser?, mazamorrilla como siempre», contestaba cuando le preguntábamos «¿qué?». –Porque mamá se comportaba con frecuencia ― cuentan, “¿verdad, Gaspar?” … hablándole muy fuerte ― como si no supiese que la sangre que circulaba por sus venas era la de una de las familias más distinguidas del lugar que jamás había cenado, para empezar, mazamorrilla, y para seguir, sentada a la mesa de ninguna cocina ni sobre ningún hule. Esta forma de proceder tan suya que debía ser calificada, por los más, de «enteramente irresponsable o ganas de tocar las narices» y tildada, por los menos, de «acto de profunda humildad digno de encomio» tenía en pura lógica que: 1 ― O bien desencadenar las iras de los menos «porque, si además de ser pocos — dirían — nos toca la parte más difícil, ganaréis siempre vosotros». Y eso era injusto a todas luces. Que parecía sensato. 2 ― O, mejor incluso casi, hacer que los más montasen en cólera «porque, si además de ser muchos —argüirían — hemos de hacernos cargo de la parte más fácil, os ganaremos, sí; pero... ¿y qué; eh?». Y eso era una mierda de victoria a ojos vistas. Que parecía igualmente defendible y razonable. ¿Qué había que hacer, ante una disyuntiva semejante? Ella, sin embargo y tan pragmática, desentendida de calificativos y de tildes con una sencillez que dónde habría aprendido, seguía, a su paso, sin pestañear ni apartarse de su camino un solo ápice y sin hacerse, jamás, preguntas que pudieran ser respondidas con una obviedad que, sin haberlo ella comido ni bebido ni tenido arte ni parte ni recomendación ni enchufe en el muy reñido proceso de selección, fuese a dar al traste con los planes, tan minuciosamente elaborados, de Felipe el… Bueno, ahora mismo no se acordaba, pero en algún momento lo reconocería ya fuese entre los primos o, si se terciaba o ponía a tiro, entre los sobrinos de la madre de… ¿Cómo se llamaba aquel chico que se casó con Julianita haciendo una suplencia?
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2404187686244
Y por supuesto que nos acordamos
04/18/2024
La tía Tirrena
https://valentina-lujan.es/trans/Yporsupuestoquenosac.pdf Nos acordamos en seguida y con unanimidad casi absoluta, además — y con una de esas frescuras de las que suele decirse es como estarlo viviendo, mismamente ―, de cómo mamá, con sus pies tan pequeños firmemente asentados sobre el duro suelo se ponía como un verdadero basilisco cuando el tío Astolfo, su medio hermano, en exceso proclive al lenguaje poético, aludía al viejo baúl “do dormitan” – decía, en palabras textuales – los trajes tan preciosísimos y las gargantillas, brazaletes, y demás aderezos de la tía abuela Mesmina o cuando, en las tardes tristonas de invierno todos allí alrededor de la chimenea, se le pasaba por las mientes a alguien ponerse a recordar tiempos pasados y él evocaba las rosadas mejillas de Clemencia. –No es ningún viejo baúl, Astolfo — protestaba tratando de controlar su enfado —, es sencillamente un baúl muy viejo. Y que las joyas y los trajes eran un puñado de baratijas y unos cuantos andrajos; ocasionando, con semejante aseveración y sin habérselo en su pronto tan irreflexivo propuesto, un enorme trastorno y un ir y venir de operarios echando el bofe porque, y cualquiera lo comprende, si para el baúl del tío Astolfo lleno de objetos míticos cargados de glamur la ubicación perfecta era el desván con todas sus sombras, aromas polvorientos y silencios adormecidos sugiriendo un pasado de cierto postín, para el de ella, cuatro tablones desvencijados y a rebosar de guarrerías, el destino idóneo era el trasterillo del sótano, una covacha lóbrega de muros carcomidos por la humedad. Y, secándose a continuación las manos que se había lavado en la vieja jofaina… “o palangana desconchada; mejor ― precisa, no doña Consola sino la hermana ― para no disgustarla”, del aguamanil que fuera antaño de la habitación de don Heliodoro, que en lo «tocante a las mejillas de Clemencia, ¡Astolfo, por favor!», rogaba, lo que sucedía era sencillamente que estaba siempre colorada como un tomate y, ella, «hasta las narices, Astolfo, de tu jodida manía porque, vamos a ver, Astolfo, ¿qué sentido tiene el querernos pintar la realidad como hasta el más tonto de la familia forzando al levantar de forma maquinal, involuntaria, los ojos al techo sin intención y sin percatarse de cómo nos complicaba la vida a todos con esa falta de dominio sobre sus impulsos, a que el tío Emiliano, tan comedido, se sintiera obligado a intervenir y mitigar la dureza de sus palabras con un «¡disminuida!» pronunciado con su proverbial dulzura y elevando, él también, los ojos al techo haciéndonos perder un tiempo precioso y, total, nada más para que ella respondiese con un seco "y qué diferencia hay con lo que yo he dicho, eh", está al cabo de la calle de que no fue?». Y que no le destrozase los nervios «Astolfo; y usted, tío, perdóneme pero ya sabe cómo soy» y, a nosotros, que despejásemos la mesa de la cocina y «tú», al primero que pillaba y sin discriminar miembros de la familia o «tú», al primero que pillaba y sin discriminar miembros de la familia o invitados, que pusiera el hule y colocase los platos, que era la hora de cenar... «¿pues qué va a ser?, mazamorrilla como siempre», contestaba cuando le preguntábamos «¿qué?».
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2404187686190
Nunca fue niño
04/18/2024
Doña Merceditas
https://valentina-lujan.es/trans/Nuncafueni.pdf y por mucho trabajo que pudiera costar creerlo no quedó más remedio que, después de consultar todos los archivos y documentos necesarios al objeto de hacer las comprobaciones pertinentes, admitir que Sagrario Navarrete había estado en lo cierto aquella tarde en que salió a relucir todo cuanto había sido Raúl Colmenero; pero, nunca jamás de los jamases, niño o, como muy bien puntualizase la hermana, no un niño como los demás de esos que pueden tener seis o siete años, o nueve, o diez si cabe… Aunque hubo quien, incluso, según dijo, pretendió dar pelos y señales asegurando haberlo conocido como tal, y aun recordarlo… − ¡Que a ver si no era desfachatez cuando ahí estaba el propio interesado en persona!... — Encarece, aquí y ahora, una que dice llamarse Otilia Roca. Y que si bueno, pues a ver si es que ―, apostilla ―, ya nadie se va a acordar del nieto de doña Patrocinio, la soprano… –Mamá, en cambio, sí que había sido… – ¿Quién? – ¡Mamá, Gaspar, mamá! – Ah – sordo como una tapia, el pobrecito, aunque, eso hay que reconocérselo, con su cabeza muy bien amueblada porque, dice, Josefina, ¿verdad?... entornando, con gesto soñador, un poquito los ojos casi siempre. − Con algunas salvedades, claro está, aunque contadas con los dedos de una mano y por causas de fuerza mayor cual podían serlo… pues, qué te diríamos nosotras ― intercambiando una mirada cómplice, las dos Navarrete aunque la que habla es Clara ―; sus clases de equitación o cuando a su abuelo le concedieron aquella cruz de san Fernando, tan laureada; pero, por lo general, o sí o casi… –Y es que, para ser lo que ella era hacía falta no sólo ser la mejor, y la más lista y la más guapa y la de familia de abolengo más rancio, que eran requisitos primordiales ― rememora Gaspar —, sino, además, tener muchos, pero que muchísimos arrestos y un carácter y un temperamento que, como muy bien dijese Cristián González, ojito al parche o acordaros de cuando… Y por supuesto que nos acordamos – en seguida y con unanimidad casi absoluta, además; y con una de esas frescuras de las que suele decirse es como estarlo viviendo, mismamente ―, cada cual no ya sólo del cada “yo” que estuviera siendo entonces sino de todos los “yoes” de todos los demás componentes de aquella multitud heterogénea, abigarrada, que escuchaba absorta y boquiabierta el relato pormenorizado que aquella tarde le había tocado hacer a Elisa la de los mojicones de cómo mamá, con sus pies tan pequeños firmemente asentados sobre el duro suelo ― pese a que Josefina calzara en su día un treinta y nueve y se supiera, de buena tinta, además, y tuviese un carácter más bien desenfadado ―, se ponía como un verdadero basilisco cuando él, su hermano, o medio hermano, o el que fuese a quien aquella tarde que, acordaros, — siempre tenía que haber alguien que lo recordase — , es siempre por la mañana le tocara ser el que dijese lo del viejo baúl que a ella, la mamá que, a ser posible y si los hados del destino tenían a bien y aunque nada más fuese por hoy — rogaba la señorita, suspirando — que nadie faltara, calzase, todo lo más un treinta y siete que desentonara un poquito menos con el texto, la ponía como el verdadero basilisco que solía, porque, decía, estoy hasta los mismísimos de explicaros, a todos, que baúl tiene que ir siempre delante de viejo porque, de lo contrario , tendríamos que mudarnos a una casa mucho más elegante y con desván o, y no nos daría, imaginaba ella, menos pereza, vaciarlo y sacar tanto arrapiezo, que ya sería un engorro, y llenarlo con terciopelos y sedas y brocados que, auguraba, nos costarían un ojo de la cara y sin contar, echando unas cuentas que nos sacarían de un presupuesto que iba a ponerse por las nubes, con los brillantes y las perlas y los pendientes de rubíes.
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2404187682444
Y la dejamos hacer, a la memoria
04/18/2024
Ysolda
https://valentina-lujan.es/trans/Yladejamoshacer.pdf La dejamos hacer y, con deleite, la aplicamos con las yemas de los dedos en las sienes, y en el cuello, y detrás de las orejas y en la frente, y aspiramos el olor evanescente del antaño mientras se demoraba ella por entre los jirones de las tardes ociosas en que, lejos de los lugares más o menos comunes que hoy se nos figuran tan exóticos, lejos también de sospechar siquiera que pudiera existir un “mañana” distinto de aquellos que se desperezaban en amaneceres tan iguales, éramos algo que, por cierto, la última vez que alguien lo mencionó ya dio problemas porque ― la más corpulenta de las Navarrete ― que pero, bueno, eso es muy elástico… – ¿Elástico? ― Doña Gloria ― ¿Cómo cuánto exactamente de elástico? –Como muchíssssimo― acompañando su ese tan larga, la otra, con un movimiento amplio y lento de la mano. – ¡Vaya por Dios! ― cabeceando ésta como quien se contiene para no exclamar ¡lo que hay que oír! Y, girándose a su propia hermana ―: ¿Qué te parece? Y la hermana se limitó a ladear un poquito la cabeza y volverla a enderezar como queriendo dar a entender ea. –Ea ― doña Gloria ―, no; Sagrario. – Pero ¿cómo ― la Navarrete ― que ea, no? –Pues como que no, sencillamente. –Mira, Gloria, yo tengo mucha, pero que muchísima correa, pero, si hay algo que verdaderamente me molest… Porque, ¿quién no ha sido, si es que alguien me lo puede explicar, algo a lo largo de su vida alguna vez? –Ya. Si no ― doña Gloria ―; si algo sí. A lo que voy es a esque… –Lo que ella está queriendo decir ― la Navarrete corpulenta también pero algo menos, dando a la hermana suya unos suaves golpecitos con sus dedos en el antebrazo ― es que quién no ha sido algo alguna vez aunque no fuera lo que estuviese deseando fervientemente ser… –Ah ― la corpulenta se calma; se calmó, pero sólo durante unos segundos que empleó en hacer un cucurucho con la servilletita del té, con lentitud, para deshacerlo luego con mucha presteza, y posar la servilleta doblada en cuatro sobre la mesa, y darle una palmada seca preguntando, en tono que dejaba traslucir su escepticismo ―: ¿Y alguien conoce, personalmente a alguien que… –Pues Raulito. – ¿A quién conoce Raulito? ― Inquisitiva, irreductible; dando la vuelta a la servilleta, que se queda ahora con las iniciales bordadas hacia abajo, y propinándole una nueva palmadit… –A nadie, Clara ― la Navarrete corpulenta pero menos es, era, infinitamente más paciente. Y le explica ―: Nosotros, todos, conocimos a Raulito… – ¿Y qué le pasó? –Bueno ― Gloria ―, nos contaron que le dio algo s la cabez… –Ya – ya no da, dio, la Navarrete más vueltas a la servilleta y se contentó con ir presionando, con la uña, sobre cada uno de los picos de la puntilla ―; pero quiero saber qué. –Una apoplejía, o embolia o… –Antes ¡Antes! ― Y como muy impaciente contó todos los piquitos de la puntilla de un tirón. –Pues que nunca fue niño. Fue Sagrario, la primera vez que abría la boca en toda la tarde, quien lo dijo. Luego ladeó un poquito la cabeza y la volvió a enderezar como queriendo dar a entender ea. –Nos enteramos, cuando el apenas medio centenar de supervivientes peinábamos ya canas y era por consiguiente imposible reparar el daño, de que jamás… ¡pero que nunca, eh!, había sido niño… – ¡Caramba! –O, al menos — la hermana —, no un niño como los demás…
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https://valentina-lujan.es/trans/Quedemoniospodia.pdf Bueno, pues no sabemos, pero un destornillador... ¿Qué estábamos diciendo? Ah, ya; que para coger la pinza de la ropa con que sujetar el estor averiado del cuarto de estar y poder así abrir la ventana… Pero tampoco vamos a extendernos en eso porque, nos figuramos, quien más quien menos ya cuenta con sus trucos propios para abrir sus ventanas. Además, la ventana la terminábamos de cerrar; así que, la pinza… Bueno, mira: es igual. El caso es en resumidas cuentas que fuera por la razón que fuese buscábamos algo y derramamos, sin quererlo, la copa de algún néctar repuntado que nuestra memoria se obstinó en despertar como ambrosía… Así: sin esperarlo. Y la dejamos hacer, a la memoria. La dejamos hacer sin darnos cuenta de que, pasado el tiempo, recordando, y recriminándonos los unos a los otros con fuiste tú, acuérdate, lamentaríamos en lo más profundo de nuestros corazones haberle dado una libertad que ya veríamos, y vimos, si no nos terminaba acarreando algún que otro disgusto porque, y eso lo sabíamos todos, la memoria es tan voluble, tan inconstante, tan burlona y, a veces y si se le pone a tiro, tan malvada o, si se la contempla con benevolencia, inconsciente que, por jugar, simplemente por divertirse o confundir, se disfraza, de risas o de lágrimas, y se nos muestra, así y a su antojo ataviada, portadora de ensueños o de horrores, o de errores que, no siendo ya posible reparar, nos mortificarán por el resto de nuestras vidas cuando, de haber sido un poco, sólo un poquito más severos, menos complacientes con ella, hubiesen dormido un sueño eterno del qué ¿por qué los tuvisteis que despertar? Nadie sabrá, naturalmente y con esa naturalidad tan inocente con que se suelen ignorar las propias culpas, o las culpas ajenas, dependiendo del momento y del lugar en que guardásemos el dolor o el gozo que causara aquel objeto, aquella palabra, que, al tenerlo entre las manos o al pronunciarla, desencadenará la tempestad que va a pillarnos, por sorpresa y a cielo abierto, ahora, aquí, encerrados entre remordimientos y pesares, sin un triste paraguas de justificaciones que puedan redimirnos, allí, entonces, de un después que se perdió, irremisiblemente, hace ya tanto.
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2404177676897
Nunca más volver a hablar
04/17/2024
Graciela
https://valentina-lujan.es/R/aunqueporpuracab.pdf aunque por pura cabezonería porque, y conste que al final cené y hasta bastante bien, la culpa fue en realidad del microondas y me pude dar cuenta cuando al ir sorteando obstáculos le di sin querer, o aposta, porque me estorbara, con el pie; pero, absorta como andaba con mis cosas, no lo pensé. Debí sí de notar algo, claro, porque de no haberlo notado no habría podido preguntarme luego cómo no sospeché. Y ahora era tarde; tarde para ponerse a dirimir qué había pasado con un hombre que respondería somnoliento, cuando no abiertamente malhumorado, señora yo no lo puedo saber: esas cajas son todas siempre iguales. Y que, además: como ustedes las mujeres tienen esa manía de conservar todo, son incapaces luego de saber dónde está qué. Y que mirarse en alguna otra. Diría. Yo le replicaría con en qué otra si sólo tengo una y usted, usted es quién hubiese debido reparar en que era demasiado ligera… Y, él, que como que no tendré otra cosa que hacer, señora, que reparar en ligerezas acarreando constantemente bultos de acá para allá o, metiéndose en lo que a él no le importaba, que en última instancia lo mismo ha salido usted hasta incluso ganando excepto, claro está, en el caso de que gratinara. No gratinaba. Yo. Pues entonces, él, vale seguro más lo que hay en ésta… Eso, yo, lo dirá usted. Él, entonces, por abreviar o lavarse las manos y seguir durmiendo, se encogería de hombros y aunque usted podría muy bien responderme con cuál es, en términos objetivos, el valor de las cosas. Y yo le tendría que responder en tal caso “no lo sé, señora; no tengo la más remota idea de cual pueda ser en términos objetivos el valor del contenido de la caja de su microondas”. Y que otra cosa muy distinta sería abordar el tema desde el punto de vista de la subjetividad que si usted quiere, ya que me ha conseguido desvelar, podemos abordarlo por qué no… Pero no quise. No quise y ― no sé si por evitar una conversación bizantina que no iba a llevar a ninguna parte o por no abordar con un extraño el tema tan peregrino que no iba a conducir a ningún sitio de que por causa de un puñado de papeles yo no sabía qué iba a cenar ni dónde ―, para evitar tentaciones, borré el número que se me había quedado en la memoria del móvil cuando me preguntaba tan obsesivamente ¿qué otra cosa podría hacer? De modo que, por poner fin a una situación tan kafkiana y porque no me gusta, además, ser obsesiva; considerando, por añadidura, que este barrio ofrece muchas posibilidades de encontrar qué llevarse a la boca, me decidí por el Wok, de María de Molina. Y, ya digo, cené bien. Cené bien y ― bien porque me lo tenía ganado después de un día tan duro, o, mejor aún, por celebrar que era estupendo haber amanecido en un cuchitril interior y oscuro y tener ahora cuatro ventanas que eran una hermosura ― me tomé un sake, con el café, preguntándome entre sorbo y sorbo ¿cómo puede terminar tan rematadamente mal algo que empezó tan bien? Fin Aquí se cierra el círculo 3-128-192
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Doña Gerdenia
04/17/2024
La criada de don Federico
https://valentina-lujan.es/Q/donagardenia.pdf ►doña Gardenia Su versión de quienes somos que en su momento nos proporcionara Sonsoles podía no ser (y en verdad no era) una de las más brillantes — o rompedoras con las ancestrales y tan arraigadas formas de versionar — ni exhaustivas o merecedora de ser tomada por fuente fidedigna o capaz de calmar la sed de verosimilitud que el ocasional internauta anduviera buscando saciar bebiendo en estas páginas, pero sí perfectamente digna de ser mencionada y recordada si se considera que, gracias a ella y por su mediación, se hicieron un pequeño hueco en nuestra Historia voces tan anodinas como la de Gutiérrez , o las de las Recuero, o la de la tía Tirrena, o la de la criada de don Federico, o la de Albertito el del tuerto que — por cierto y en reconocimiento al respeto que en el sentir de la aludida merecía la opinión de alguien que no estaba precisamente “cantando “(como diría Asdrúbal Cifuentes) unas virtudes que, ella sabía mejor que nadie, en absoluto la adornaban — no va, a petición expresa de la antedicha, a ser ni más ni menos silenciada que la de Teresita Ledesma o la de Tornasol o la no identificada en la letra de la cancioncilla que ilustra el archivo titulado “En la casa de Tócameroque” a las que se puede, con toda comodidad y sin tipo alguno de censura, acceder por procedimiento tan sencillo como es el ir pinchando en cada uno de los enlaces siguientes: • La casa de doña Gardenia, en un tercer piso de la calle de los Tornasoles. (Teresita Ledesma) • ¿Qué credibilidad habría de concederse a lo que fuese oportuna y respectivamente referido por Teresita Ledesma y por doña Gardenia? (Tornasol) • En la casa de doña Gardenia había cuatro putas y mucha jodienda. (En la casa de Tócameroque) • Por muy de viuda de fiscal del tribunal de cuentas de que se las diera ante sus huéspedes había sido siempre soltera y, por más señas, querida del pescadero que tenía su puesto justo enfrente de la carnicería de las Gongordiola y le había puesto un piso, un piso y ningún chalé encima, por cierto, de doña Loreto; que esa sí que era doña, pero tan apocada y tan poquita cosa que nadie lo hubiera dicho. (Albertito el del tuerto).
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2404167667058
Cualquiera de la infinidad de criadas
04/16/2024
La tía Inomástica
https://valentina-lujan.es/trans/Cualquieradelainfi.pdf que habíamos tenido antes de que la desgracia descendiese sobre nuestras cabezas sumiéndonos en una mendacidad de la que iba a resultarnos muy difícil salir en tanto no asumiéramos uno por uno la verdad de qué nos estaba pasando y lográsemos hacer comprender a todos los demás — incluso a don Sisenio el cura, que nos había dado la espalda muy alarmado y ya ni quería venir a jugar con el abuelo y los otros temeroso, tal vez, de que no le fuésemos a dar de merendar — que no, que no nos habíamos vuelto ni más pobres ni menos menesterosos de lo que ya fuésemos; que el problema no era ese y que no habían entendido mal. –Eso ya lo sabemos — repuso mamá en cierta ocasión sin inmutarse sirviendo, aquella noche, con naturalidad encantadora, un cucharón de mazamorrilla en cada plato —; pero habrás de convenir en que, habiendo dicho, llanamente, “una mentira”, todo estaría resultando más auténtico, no tan de cartón piedra. Y me miraba acusadora, como si yo fuese “el” culpable, yo quien no había sabido evidenciar con las palabras, con sus palabras, la verosimilitud del mundo en que nos movíamos y nuestras situaciones respectivas; el papel, en una palabra ― “a ser posible”, no dejaba de encarecer doña Telma aunque, y eso que algunos tenían una capacidad de síntesis digna de encomio, podían ser algunas veces hasta diez o doce ― que cada uno estábamos desempeñando dentro de él. Papá, entonces y justo ahí salvo que estuviera siendo Ciriaco de el Valle tan despistado, solía decir indefectiblemente “bueno”. –Bueno — papá posando porque, a veces, cuando, por poner por caso, el monótono transcurrir del cada día se quebraba con algún acontecimiento que quedase muy, muy fuera de lo usual, se transformaba en un ser pensante y sintiente y, aquella noche, ya porque mamá estuviese algo alterada por culpa del tío Astolfo, o incluso del tío Emiliano, como era tan sensible, o ya porque distraída con sus cosas pelase patatas de más o pusiera agua de menos el caso fue que la mazamorrilla salió tan espesa que era imposible comerla con cuchara y, por eso, papá pudo posar el tenedor en el borde del plato con perfecta sensatez y, con todo el aplomo que la ocasión requería, proseguir —: dadle tiempo y se irá soltando, como nos hemos ido soltando y acostumbrando todos; nadie nace enseñado y hemos de tener en cuenta —consideró, contemplando caviloso el plato y retomando el tenedor — que esto es nada más el principio. –Vaya, ¡cómo lo siento! — Mamá, mirando también su plato con cara de enorme desolación —, pero es la primera vez que... En fin, procuraré... – ¡Pero, chiquitina — la abuela, pobre, con aquella lengüecilla —, todos cometemos fallos!, pequeños errores, algún acto que no armoniza con la esencia de nuestro propio ser que confunde no sólo a los demás sino a nosotros mismos... –Oh — mamá, de súbito calmada y arrancándole suavemente de las manos el conejo que había hecho con la servilleta y, había de suponerse, enorme dificultad —, eso es evidente, pero, aun así... –Aun así — Quiteria que de forma inexplicable «tan parlanchina» como, por utilizar uno de los eufemismos muy del gusto del tío Emiliano, acostumbraba mostrarse, hoy permanecía silenciosa y con la mirada perdida en Dios sabe qué punto de luz de los muchos que iluminaban, aquí y allá, la lujosa estancia en que habitaba inundándola hasta el último rincón al extremo, inusitado, de que algún ángulo no del todo muerto pero casi se desperezaba bostezando ruidosamente al sentir el roce leve, suave, de la mano de la abuela intentando con ademán demasiado brusco para una complexión tan endeble no dejarse arrebatar su obra de arte volvió en sí con un pequeño respingo rompiendo con un hilo de su voz más bien chillona el hechizo del lugar y poniendo en su sitio la jarra del agua que alguien había colocado encima de la lavadora cuando, nadie lo podía ignorar a aquellas alturas, ahí iba de siempre la barra de pan apuntando, a continuación —: no pasa nada por no ser en todo momento y absolutamente a tope lo que debe darse por hecho que se puede llegar a ser… Y, devolviendo el conejo a las manos de la abuela que — si la lograbas convencer de que era un juego, ¡angelito! — hipaba llorosa, que cuando se coloca el listón...
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Me traigo un lío...
04/15/2024
Severino
http://valentina-lujan.es/doc/Dlpquie.pdf Me traigo un lío de verdad de verdad pero que fino, fino... Pero estoy contenta porque, siendo verdad que con lo de la página web no se puede decir que avance lo que se dice mucho, más que nada porque con tanto levantarme a abrir unas veces se marcha el internet de los las narices y otras cuando vuelvo...
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Al eventual lector
04/13/2024
El intruso
http://valentina-lujan.es/D/quevident.pdf Que evidentemente habrá llegado hasta aquí bien por azar o mejor todavía para evadirse de sus propios problemas (no se me ocurre ninguna razón menos tonta) y no deseando fervientemente que le compliquen la vida sino y muy por el contrario en la esperanza de encontrar un rato de distracción o esparcimiento, y no voy a ser yo quien lo decepcione enumerando. Por eso, para no hacerlo pasar innecesariamente y en un despiste mío por lo que yo estoy pasando y para que me sirva de recordatorio de qué no quiero hacer, lo que si hago es marcarlos, como puede verse, en rojo y subrayados aunque por mi propio bien más me valdría no dejar sobre ellos ninguna señal que, cada vez que los vea, me recordará que para enredar las cosas más de lo que ya lo estaban tiene que estar existiendo, o que haber existido, otra Valentina anterior — u otro alguien anterior a la Valentina en que yo estoy — que hiciera la página de Valentina Luján sin guión si bien (y recordando que los dominios punto com y punto net, con guión, también estaban ocupados) no puede descartarse por completo la posibilidad de que no fuera anterior sino posterior y la cogiera sin guión porque no le quedase otra opción; en tal caso ya iba a quedarme, para siempre, la incertidumbre de si no estaría siendo aquella la auténtica y la que en verdad hubiera deseado que fuera para mí.
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