Nace el canto del poeta cuando la aurora apenas abre sus manos de oro. No lo busca, lo respira. Es un soplo que asciende desde la raíz del alma y se expande sobre el silencio hasta tornarlo sagrado. Las palabras no son suyas: llegan vestidas de misterio, como aves que encuentran su nido en las hondas vibraciones del ser.
Cada nota escrita es un pétalo encendido en el aire invisible de su espíritu. Canta, y la tierra se aquieta para oírlo. Canta, y el tiempo, ese vasto río de sueño, se detiene un instante a contemplar la luz que brota de su voz.
En su garganta se mezclan el agua y el fuego, la sombra y la estrella. No canta para ser oído, canta porque es, porque el verbo arde dentro de él como lámpara que nunca se apaga. Su canto no pertenece al ruido del mundo, sino al temblor del origen; allí donde la palabra retorna a su principio y se nombra con el antiguo nombre de la eternidad.
El poeta sabe que su voz no termina en el aire: es semilla que germina en los corazones atentos. Y cuando calla, no muere su canto: reposa en el pulso secreto del universo, donde todo vuelve a comenzar, una y otra vez, bajo el nombre sagrado de la poesía.
Nace mi voz del alba, luz primera,
soplo que asciende desde el hondo intento,
raíz del alma, aurora en el tormento
que en canto vuelve música la espera.
Es mía la palabra: toda entera
se viste del mirífico momento,
girando en fuego, arcano sentimiento,
donde el silencio mismo persevera.
Sublime canto, libre en su albedrío;
el verbo arde, la lámpara se inspira,
en mi garganta no hay eco del vacío.
Dulce emoción, adagio de la lira,
entregas la dulzura del estío
¡Alma del verso preclaro, hoy suspira!
Torrente que delira,
cauce del alba, esparce el florilegio:
¡Radiante se consuma el sortilegio!
Aimée Granado Oreña ©️
Gota de Rocío Azul 💦 💙
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