Kristen tenía 18 años cuando Ethan, su novio de la secundaria, cometió suicidio. Ocurrió la misma noche en que ella le concedió su virginidad, y, ¡destruyó su vida!, porque años después sigue cuestionándose si fue su culpa, el que él haya tomado tal decisión.
Regresa al pueblo, tras perder su empleo en la ciudad. Se siente extraña, al volver a vivir en la casa de sus padres. Pero estos le brindan su apoyo, ella trata de relajarse, de disfrutar de ese verano. Tal vez sea bueno aquel cambio...
Se topa con el chico de al lado, Laurie Walker. Popular y rebelde, tiene ahora la misma edad que Ethan tenía cuando murió, y es igual de hermoso, con esos ojos tristes, que despiertan un anhelo dentro de Kristen, ¡de salvarlo!, como no logró hacerlo con su primer amor.
A pesar de la diferencia de edades, ellos parecen tener una fuerte conexión, que es en parte melancolía y tristeza. Añoranzas de ese ser que perdieron y amaron; también del placer que descubren al tener sexo. El joven Laurie la desafía, y enfurece. Porque es imprudente, salvaje, ¡un alma libre!, que la eleva al éxtasis cada vez que se pone de rodillas y hunde su cabeza en su coño.
¿Pero qué pensaría Ethan de todo eso?
De que lo estuviese reemplazando con su hermano pequeño.
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