Nadie supo cómo murió; sólo encontraron el cuerpo tendido sobre su propia sangre, sin piel y desollada. Sus manos apretando fuertemente los puños, enterrando las uñas en la palma de sus manos y en el rostro un rictus lleno de odio, con la boca abierta como lanzando un alarido y queriendo arrancar con sus dientes aquello que se le clavaba en el pecho.
Nunca le tuvo miedo a nada… Siempre fue la mujer que irradiaba paz, cariño, ternura, amor y pasión por la vida.
Nadie le conocía enemigos, nadie
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