«Divinas Vecinas» reimagina a un antiguo panteón cántabro-vasco viviendo hoy en Cantabria y Euskadi. El relato gira en torno a tres diosas de la fertilidad, sus colegas masculinos y el contraste entre su poder milenario y la mundanidad contemporánea.
La más extrovertida es Epona, diosa de los caballos. Se presenta como una amazona de 1,80 m, rubia y magnética; dirige un centro de equinoterapia, conduce una Ducati Monster y viste cuero o vaqueros ajustados. Detesta que la contradigan y sale de copas por Castro Urdiales mientras presume de rock celta con Saurom o Mägo de Oz .
Cantabria, madre lunar y patrona de la tierra, encarna la elegancia de Santander: 1,65 m, piel morena y mirada azul. Habita un ático en el Sardinero, domina más de una docena de lenguas antiguas y actuales, toca la gaita y desfila con trajes de seda que dejan sin aliento a viandantes despistados .
Navia –o Nabia– fluye como los ríos que antaño la adoraban. Vive en una casona indiana de los Valles Pasiegos, practica chi kung, reiki y conduce un Prius. Sus vestidos vaporosos insinúan más que muestran; su sonrisa irradia bienestar y su pasado es tan largo que ha tenido que «morir» varias veces para burlar los registros civiles .
A su alrededor gravitan varios dioses:
Candamo/Taranis, varón corpulento de barba rubia, residente entre nieblas lebaniegas; batería de un tributo a AC/DC y defensor del euskera como lengua “sin contagio romano” .
Erudino, dios guerrero del Monte Dobra, ex combatiente de los Tercios y ahora ganadero. Se indigna cuando lo confunden con Marte y arrastra un amor imposible por Epona, que no tolera los sacrificios equinos en su honor .
Lug, joven solar de gafas redondas, apasionado de la guitarra y de la IA. Trabaja como informático para mantenerse cerca de Navia, cuya danza lo hechiza desde la retirada romana .
Ortzi, señor vasco del trueno, recién instalado en Castro Urdiales. Fanfarronea de “ser de Bilbao” aunque nació en Roncesvalles y se pica cuando lo emparentan con el galo Apolo Abellio .
La trama combina costumbrismo cántabro con destellos míticos. Una escena emblemática sucede en la plaza de Pombo de Santander: Cantabria aguarda en una terraza; Epona irrumpe con el rugido de su Ducati; Navia aparece envuelta en bruma de perfumes florales; y Ortzi llega con un trueno literal tras ser convocado por su vanidad. Entre guiños, insultos en euskera y chanzas sobre cervezas industriales, los dioses intercambian sarcasmos sobre la superioridad de la “tierruca”, la hipocresía de “La Gran Multinacional” cristiana y la brutalidad de las guerras humanas contemporáneas .
La obra subraya la pervivencia del paisaje como templo –cuevas, ríos y montes sagrados—y cómo la cristianización relegó a dioses a mitos o monstruos: Erudino degeneró en el Ojáncano, y las ninfas se convirtieron en Anjanas juveniles. Aun así, las divinidades siguen activas, camufladas como empresarios, músicos o hackers, defendiendo la diversidad cultural, criticando los abusos de poder y celebrando el orgullo cántabro con humor socarrón.
Con tono ágil y diálogos llenos de pullas, «Divinas Vecinas» explora identidad, memoria y deseo a través de seres inmortales que, entre sobaos, orujo y rock celta, intentan hallar sentido —y fiesta— en el siglo XXI.
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