Dejó la casa del Señor para sumergirse directamente en las tinieblas. La noche la envolvía, la acusaba. No pudo. Lo intentó pero no pudo confesar el pecado que la corroía y lo disfrazó de sueño. Ante el nuevo párroco, Damián, no encontró valor para relatar su fantasía, y menos para revelarle que ella, soltera y entera, tan devota, tan puritana, tan casta, ella que, a sus cincuenta años, no había conocido hombre alguno, había empezado a tocarse mientras fantaseaba. Y lo que más le avergonzaba, ¡
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