Érase una vez un pequeño castor solitario que se propuso realizar una presa en un imponente y majestuoso río.
La primera noche, la presa que realizó el castor era demasiado débil y el orgulloso río no empleó demasiado tiempo en destruirla y arrastrarla con su potente corriente.
La segunda noche, el castor seleccionó unos troncos de madera mucho más fuertes y, aunque procedían de un bosque más alejado que los empleados el día anterior, el pequeño roedor no dudó en ponerse manos y patas a la ob
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