Anciana, surcos de vejez en su rostro lúgubre como el edificio en el que entraba, un hospital de grises colores como su cabellera, como los negros de su chaqueta abotonada. Con aquellas piernas delgadas y temblorosas se acercó al ascensor, con todavía puertas de hierro antiguas, a pasos medidos, bien pequeños, para subir unos cuatro pisos hasta su destino. Aquellas medias de antaño, caracterizadas por su brillo reluciente, acababan en unos zapatitos enanos y también negros, que resonaban como un
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