Todos recordamos otras Españas, no hace tanto. Españas grises y
enfermas, frías y apenadas; Españas, indeseables. Ninguna como
ésta. Aquellas Españas sufrían males del pasado: falta de higiene,
catetismo, excesos ideológicos, ombliguismo, cutrez. El mal de hoy
es brillante y apabulla con su apariencia, está aseado y perfumado,
es atractivo y casi sagrado. El monstruo neoliberal nos ha convencido
de que su mordisco insaciable es el mejor de los obsequios. El
monstruo neoliberal, que luce hermoso con su pelo engominado y su
traje italiano, con su hambre atrasada y su discurso utilitarista,
dispuesto a zamparse derechos humanos, libertades y cualquier rastro
de bienestar social. El contrato es leonino; ni Mefistófeles hubiera sabido
redactarlo en tales términos; aun así, todos lo hemos firmado. El alma,
la vida, a cambio de un cementerio de objetos.
Hay muchas crisis en la nueva España, ninguna tan poderosa como la
moral. Hemos asumido valer por lo que producimos. Hemos decidido
basar los nuevos valores sociales en el individualismo, la competitividad
y el utilitarismo productivo. Hemos asumido perder el vínculo con la
naturaleza, con nuestra comunidad, con nosotros mismos. La última
versión de la dignidad se oferta en centros comerciales. Ha sido fabricada
en Asia por una multinacional. Hay muchas crisis en la actual España,
ninguna tan devastadora como la moral. Sin libertad, sin solidaridad,
sin tolerancia, sin cohesión social, sin red comunitaria, el ser humano
deja de serlo para convertirse en engranaje. En eso estamos.
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