Me encontré un amigo. Demasiados años y demasiado viejo. Nos cruzamos por la calle y, después de dudarlo un instante, le reconocí, enjuto como siempre, envuelto en la eterna chaqueta de lana marrón osucura, arrugado como un pasa bajo una abundante cabellera plateada. Sonrió ampliamente. Los ojos, ocultos bajo espesas cejas, brillaron. Un abrazo, dos…El olor del recuerdo me inunda. Mucho tiempo atrás jugábamos entre los restos de una obra incabada, tirábamos piedras a latas de “Cola-Cao” vacías,
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