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Lucero
10/22/2019
Esta historia ocurrió, como no podía ser de otra manera, en noviembre. Y digo que no podía ser de otra manera porque en noviembre la fina membrana que separa nuestro mundo de aquel otro se vuelve aún más delgada; se llena de agujeros y empieza a resplandecer, como una tela de araña en la mañana. Los susurros recorren la tierra, danzando entre las hojas rojas de los arces y acariciando las nucas de los desprevenidos; provocando todo tipo de acontecimientos. No es casualidad que fuese un noviembre helado cuando Don Alfonso, el de la farmacia, despertara de su tumba al oler el puchero que preparaba su mujer —un truco que ahora sus descendientes usan cada vez que quieren pedirle consejo—, o que muchos años antes, pero en el mismo mes, María la Buena consiguiera echar a su lado malo de casa, maletas incluidas, ganándose así su nombre.
Todo lo que tiene que pasar, pasa en noviembre.
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