Las falacias, por desgracia, forman parte de nuestra vida. Nos rodean por todas partes. Asaltan nuestra vidas en un escrache mediático formado por un batallón de periódicos, televisiones, películas y trolls de internet. A veces vienen de la mano de un comercial que trata de venderte algo. En otras, en las de un compañero de trabajo, o un jefe. En ocasiones, tus amigos las manejan, quienes creías tus aliados te traicionan blandiéndolas, e incluso podemos llegar a usarlas contra nosotros mismos, sin ser conscientes de ello.
Las falacias son una plaga que prolifera allí donde exista la palabra, oral o escrita, pero especialmente en cualquier circunstancia donde haya una negociación, una lucha de poder o, como no podía ser de otra manera, dinero.
Aprender a detectar falacias se ha convertido en una necesidad para sobrevivir en el mundo actual, pues su desconocimiento nos hace fáciles víctimas de múltiples engaños. Pero por otra parte, aprender a detectarlas implica imprevisibles efectos colaterales. Sólo hay algo más peligroso que ser cuerdo en un país de locos, y es aprender a desenmascarar falacias en público en una sociedad que las acepta como válidas
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