prólogo
En el albor del mundo, cuando la luna aún dictaba el pulso de los hombres, el mar habló de una manera que nadie podía ignorar. Del vientre oscuro de las aguas surgió Malbur, la serpiente ancestral: un sueño que despertó en forma de rocas, corrientes y arrecifes. Donde sus escamas rozaron la superficie, nacieron islas; donde su aliento rompió la calma, nació el Mar Furioso. Desde entonces, las voces del océano guardan memoria —y temor— de aquello que duerme bajo las olas.
Entre esas islas se alzó Palahu, un pueblo de marineros y guardianes de los secretos de la marea. Su gente aprendió a vivir con el rumor de las olas y el dictado de la Luna, siempre atentos a cumplir el antiguo tributo que aseguraba la paz entre hombres y dioses. Allí nació Azareth, joven marcada por la paciencia de la espera y la impaciencia de los sueños. Sus días se mecían entre cantos de barca, leyendas de ancestros y el presagio de un destino mayor que ella misma.
Pero lejos de Palahu, en la capital León, otros ritmos gobernaban: el brillo de los salones, las monedas que pasaban de mano en mano, la codicia de reyes que habían olvidado su palabra. La promesa de proteger las islas se volvió humo, y los piratas —malditos por sus propios juramentos rotos— encontraron libertad para desangrar al mar. Bajo su estandarte se alzó Rudolf, un capitán temido tanto por sus enemigos como por los dioses que lo observaban desde las alturas.
Así, mientras los mares rugían con la voz de Malbur y los dioses discutían el rumbo de los mortales, Azareth fue arrancada de la calma de su aldea para ser lanzada a un mundo de saqueos, intrigas y guerras. Entre cortes corruptas y barcos embrujados, entre la memoria de la serpiente y el susurro de la diosa de la guerra, la princesa descubriría que su voluntad podía pesar más que los juramentos de los reyes.
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