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GREDOS
09/03/2021
En marzo de 1978 siete próceres elegidos por sus partidos políticos llegan al Parador Nacional de Gredos con la intención de consensuar un texto desde el que poder construir una nueva carta magna y que ayude a reforzar la escuálida democracia española.
Su presencia en el Parador es un secreto de estado, apenas unos pocos en Madrid están informados de esta reunión y, salvo los empleados del lugar, nadie debe saber lo que está ocurriendo dentro de esos muros.
Por eso, ellos, los empleados y empleadas del son tan importantes en esta historia.
Deben ser discretos, atentos, resolutivos.
Deben permanecer alerta y enfrentarse a los múltiples peligros que acechan; indiscreciones, chantajes, sobornos, secuestros, espionaje y toda clase de maniobras abyectas que el hombre pueda diseñar con el fin de sabotear o influir en el resultado de este vital concilio político.
Y no deben dejar que sus vidas privadas interfieran; ni sus catastróficos matrimonios, ni sus pasados turbios, ni sus perversiones, ni sus romances, ni sus crisis existenciales, ni sus sueños, ni sus asesinatos. Todo debe quedar aparcado en un segundo plano para poder dedicarse a los “Padres de la constitución” en cuerpo y alma mientras dure la reunión.
Pero, claro, no siempre es posible detener la vida para hacer otra cosa.
Así que los siete huéspedes ilustres tienen una semana para pactar la construcción de un nuevo país y los siete miembros del servicio tienen que procurar que por todos los medios que esa misión triunfe.
Y luego, claro, están quienes no quieren que haya ningún acuerdo, o quienes temen verse perjudicados o aquellos que simplemente matarían por la exclusiva. Todos ellos harán que esa semana la apacible y hermosa sierra de Gredos se convierta en el frenético tablero donde se decide qué clase de país debe ser España.
Y así es cómo los esforzados empleados y empleadas del Parador Nacional de Gredos acabarán convertidos en las nodrizas de la Constitución española de 1978.
Y todo ocurre, mientras, en el salón del silencio, Fraga, Rodríguez de Miñón, Cisneros, Roca, Pérez-Llorca, Peces-Barba y Solé Tura, no hacen más que pisarse las líneas rojas mutuamente.
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