Las hortensias le crecían en la boca, sembradas en algún momento que no recordaba por alguien que podía ser cualquiera. Habían prosperado tanto que, por las mañanas, con el cepillo de dientes en la mano y enfrentado al espejo, le asaltaban las ganas de arrancar los arbustos para retornar a lo sencillo de encías, dientes, lengua y vacío. Sin embargo, las raíces profundas en lo tierno de la carne le hacían desechar la idea asustado ante la posibilidad de dolor.
Decidido a
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