Una lámpara maravillosa, un lobo feroz, una gélida dama y un señor soldado, se sentaron un buen día en las cuatro esquinitas que tenía mi cama.
Noche tras noche escuché sus historias en silencio. Pero es ahora, tumbado y rendido entre brazos y piernas abiertos, cuando les busco para pedirles otro final.
Mientras, ella se vierte desde el metal dorado, caliente entre mis costillas: -Adán o Aladino, rózame una vez más, y pide por esa boca que tus deseos andan meciéndose en mi ombligo.
Lo hice, l
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