Leía yo, ávidamente, poemas del libro “Tranquilamente Hablando” de Gabriel Celaya, allá por el año 2000, una tarde de primavera rabiosa a la orilla del pantano que rodea mi pueblo y disfrutaba empapándome de sus palabras en aquel momento mágico al que irremediablemente vuelvo cada vez que menciono o me mencionan el nombre de este gran poeta.
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