Era diciembre otra vez, y el atardecer era maravilloso. Tan cálido que los niños se resistían a volver a sus casas, algunos hacían fila para una segunda vuelta, otros corrían en círculos mientras sus madres los perseguían con la mirada. Aquella calesita, que alguna vez había presenciado el primer beso de una joven pareja, brillaba en la creciente oscuridad.
Ella fue la primera en llegar, como siempre. Se sentó en el mismo banco y contempló el paisaje con una sonrisa melancólica, jugueteaba co
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