Una tarde Inés Temperina luchó sin más ayuda que sus manos contra una flota interestelar tripulada por alienígenas que, con intención de someter a los habitantes de la Tierra, surcaba el cielo a la velocidad de la luz. Pero ella, con su implacable y poderoso dedo, destruyó con enorme destreza y velocidad, una tras otra, todas las naves extraterrestres.
Otra tarde, con los primeros calores del verano, Inés Temperina observaba cómo los copos de nieve caían danzantes y juguetones hacia abajo, y c
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