Ella ya no es esa policía tímida que no se atrevía a mirarlo a la cara.
Él ni siquiera es policía.
Ambos han pagado un peaje demasiado alto por trabajar al margen de la ley.
A Marcial y a Zoe lo único que los une ahora es una causa común: encontrar al Cazador.
Pero compartir objetivo no los convierte en compañeros, solo en socios; unos socios que tendrán que lidiar con una relación amor-odio cosechada a base de mentiras, abonada con engaños y podada por certezas.
Para Zoe, Marcial tan solo es la forma más fiable de descubrir al verdadero artífice de la muerte del inspector Miralles.
Para Marcial, Zoe es la única persona por quien merece la pena ser un poco más humano, menos solitario; alguien por quien está dispuesto a comprender el significado de la palabra empatía.
La búsqueda del Cazador volverá a ponerlos, después de diez meses, a trabajar codo con codo, pero esta vez nada será igual. Marcial no tiene una placa que le obligue a contenerse y Zoe, simplemente, no quiere contenerse. Ambos iniciarán un descenso a los suburbios cartageneros que terminará por sacar a flote una trama de blanqueo de capitales que salpicará de sangre los cimientos de la ciudad y pondrá de manifiesto que «dinero rápido» no es sinónimo de «dinero fácil».
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