A lo largo de mi vida —profesional, intelectual y emocional— me he nutrido de un puñado de cabezas pensantes cuya influencia ha sido decisiva, aunque algunas de ellas, con el paso del tiempo o el juicio implacable de lo políticamente correcto, hayan sido relegadas a los márgenes del respeto público. No los elegí por su conveniencia ni por su acomodo en los cánones sociales; los elegí —o más bien me eligieron— por su lucidez feroz, su capacidad de pensar a contracorriente, su irreverencia frente a los dogmas y su coraje para decir lo indecible. En ese santuario de ideas conviven Voltaire con su ironía acerada, Unamuno con su lucha interna hecha verbo, Maquiavelo con su despiadada lucidez, Camus con su absurda dignidad, y hasta ciertos herejes modernos que se negaron a doblar la cerviz ante los templos de lo establecido. Todos ellos me ayudaron, de algún modo, a pensar con voz propia.
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