Como cada lunes, Manzano, un joven repartidor de una empresa de suministros cárnicos, realiza su ronda de reparto. Dentro de su ruta habitual, llega al tranquilo mesón "Los Nobles", donde Ferrán, su afable dueño, se encuentra revisando unas facturas antes de que llegue el resto del personal.
Cuando ha terminado de descargar en la cámara frigorífica y casi a punto de marcharse, Manzano hace un descubrimiento aterrador: dentro de un arcón, hay un hombre congelado.
En ese momento aparece Ferrán, explicándole que se trata de Ernesto, un repartidor que quedó atrapado en la cámara hace veintisiete años, desde que abrió el mesón, en el año 1996.
Manzano comienza a temer por su vida. Su primer impulso es el de llamar inmediatamente a la policía, pero Ferrán le pide que le deje explicarse, aludiendo que se trató de un acto involuntario. Sus argumentos son, por un lado, su miedo en ese momento a ser encarcelado —justo el día del nacimiento de su primer hijo— y, por otro, lo que podía suponer económicamente para el recién inaugurado negocio. La protección de su familia, por encima de todo, le llevó a reaccionar y a tomar una decisión: ocultar el cadáver y urdir un plan para hacer creer que Ernesto había desaparecido.
A partir de aquí, Manzano se enfrentará a un dilema moral sobre el que ahora deberá tomar su propia decisión.
Delatar a Ferrán y a toda su familia, cuyos miembros han ayudado a “mantener” el cadáver durante todos estos años o, por el contrario, guardar silencio, para no destruir a una familia tantos años después, aunque eso le suponga convertirse en cómplice.
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