Los pasajeros del autobús número cinco lo veían siempre a esa hora entre el día y la noche, cuando los ojos se entrecierran acostumbrándose al cambio de luminosidad. La primera en percatarse de su presencia fue la anciana del bastón con empuñadura de marfil, sentada en la parte delantera acercó la cara al cristal ajustándose las gafas y topó con él. Poco a poco la curiosidad se había ido extendiendo como un virus entre los viajeros y al pasar a su altura se daban codazos disimulados adv
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