En la sala de RRHH de una empresa está siendo evaluada la capacidad mental de un trabajador. Junto a él está la persona encargada de la evaluación, dialogan acerca de un “hecho” que involucró ese día al trabajador evaluado y a uno de sus compañeros de labores. El “individuo” trabajador está manchado de sangre en sus ropas y su rostro, con una atención alterada, perturbada, un poco intranquilo. El “evaluador” de RRHH está sereno, atento, pulcro y calculador, interesado por la situación, pero también apurado pues ha sido llamado de emergencia a atender el caso, dada la incomodidad que le ocasionaba a los que estuvieron presentes. A lo largo de la sesión, los involucrados en esta situación deben, por una parte, justificar y explicar las condiciones que hicieron necesario el acontecimiento que los reúne, y por otra, la búsqueda de soluciones. El mundo que los envuelve, tanto en el trabajo como en la unidad de atención al trabajador comparte la misma brutalidad banal y absurda que también se prolonga puertas a fuera de la empresa, en la vida cotidiana, lo que en ciertos rasgos comprime las condiciones en las que se desenvuelve nuestra actualidad, y los parámetros en los que se pueden entender lo que son los Recursos humanos.
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