En la penumbra de un día que cede,
un hombre se asienta, su esencia se extiende,
con un puro en la mano, símbolo de calma,
el humo se eleva, danzando en su alma.
Su mirada, un océano de historias vividas,
cada pliegue en su rostro, memorias queridas.
A través de los años ha recorrido senderos,
desafiando tormentas, abrazando luceros.
El puro arde lento, como el tiempo que pasa,
cada calada es un eco, una risa, una brasa.
Sabor a la vida, a lucha y a anhelo,
susurros de sueños, en el aire un destello.
Viaje sin rumbo, pero con firme destino,
las huellas que deja son su mejor camino.
Por montañas y valles, por mares de anhelo,
su risa resuena, un canto sincero.
Los amigos a su lado, el amor como guía,
en cada conversación, una chispa, una alegría.
El viaje es un arte, y él es el artista,
pintando cada instante con la luz de su vista.
Así, en la brisa que acaricia su piel,
se siente el reflejo de un mundo fiel.
Un hombre, un puro, y en su viaje, la vida,
una danza sin fin, una historia compartida.
Que el humo se eleve, que el tiempo no cese,
que cada momento, con amor, se aderece.
En el viaje del hombre, que nunca se olvide,
que la vida es un puro, que el alma lo pide.
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