“Lo que el agua se lleva, la memoria lo devuelve en sal.”
Piel de sal, memoria de mares pretéritos sobre mi cuerpo.
Piel de sal, testigo mudo de todas las orillas que he cruzado sin volver.
Cada grano brilla como una sílaba detenida, como un vocablo que se negó a morir en la boca del silencio.
Hay noches en que la luna desciende hasta mis hombros y se detiene, asombrada, ante esta geografía de cristales.
Me recorre con su luz inasible y, por un instante, todo mi ser parece un mapa húmedo donde el deseo trazó rutas que el tiempo no supo borrar.
Entonces comprendo que no es solo el mar quien me nombró, sino también la ausencia, que dejó su estela indeleble en mi piel.
Piel de sal, frontera delicada entre lo que fui y lo que todavía sueño ser.
En ella arde, tenue, el fulgor de los pretéritos naufragios, los besos que no llegaron a destino, las promesas que encallaron en un murmullo.
Hay un rumor de caracolas en mis venas, una plegaria marina que asciende hasta la garganta y se queda allí, vibrando, sin pronunciarse del todo.
A veces acerco mis dedos al cuello y siento esa aspereza mínima, casi invisible.
Es una caricia áspera y sagrada: me recuerda que fui arena en otras vidas, que fui ola, que fui puerto y despedida, y que aún guardo en la dermis la obstinación del regreso.
Nada se disuelve del todo; lo que el agua se lleva, la sal lo reclama y lo escribe de nuevo sobre el cuerpo.
Piel de sal, libro silencioso donde se leen, sin palabras, todas mis mareas.
Quien se acerque a tocarla deberá aprender el idioma secreto de las espumas, la gramática del abismo, la sintaxis del oleaje que se rompe y renace.
Porque no es fácil rozar este borde luminoso sin quedar marcado por la misma sal, sin heredar, en el contacto, un poco de mi sagrado, pretérito naufragio.
En mi piel queda escrita
la insistencia del agua,
un alfabeto blanco
que solo entiende el cuerpo cuando tiembla.
Cada cristal de sal
es un latido detenido en la orilla
de lo que nunca digo.
Te acercas y tu aliento
despierta las mareas que fingían dormirse.
No hay distancia posible
cuando tus manos descifran
la aspereza sagrada de mi cuello,
ni sombra que resista
la luz que se derrama desde tus pupilas.
Soy costa y naufragio,
puerto que te reclama en silencio.
En el mapa secreto de mi dermis
tu nombre se desliza como espuma,
y donde roza tu boca
el mundo se reduce
a un solo punto de fuego.
Si alguna vez te marchas,
la sal sabrá guardarte.
Quedarás suspendido
en la memoria líquida de mi piel,
como un faro remoto
que aún arde en la noche
para guiar mis pretéritas mareas.
“Y lo que la sal escribe en la piel, ni el tiempo ni la distancia consiguen borrarlo.”
Aimée Granado Oreña ©️
Gota de Rocío Azul 💦
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