Durante décadas, el norte cristiano no temía al islam. Temía a un hombre. Se llamaba Muhammad ibn Abi Amir, pero la historia lo recuerda como Almanzor, el Victorioso por Alá. No fue califa, ni rey. No necesitó una corona para ejercer el poder absoluto. Desde su ascenso en la corte de Córdoba hasta la devastación de Santiago, Almanzor convirtió la guerra en espectáculo, la política en cálculo, y el miedo en una herramienta de gobierno. Quemó ciudades, saqueó iglesias, humilló reinos... pero respe
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