El debate sobre el realismo protagonizado por Brecht y Lukács, en el que también se implicaron distintos filósofos de corte marxista, no fue simplemente una cuestión coyuntural que se limitara a la contraposición entre una vanguardia soviética fuertemente marcada por un imperativo más o menos burocrático de servicio al pueblo (o mejor dicho, al régimen) y un expresionismo cuyos valores estéticos y morales radicaban en torno al cuestionamiento de los medios y lenguajes tradicionales del arte y a la reafirmación de la subjetividad del artista. De hecho, a lo largo de este ensayo veremos como probablemente la contraposición entre ambos polos (el vínculo con lo real y su opuesto, la autonomía del Arte) quizá no debería leerse en términos de una pura exclusión mutua.
La cuestión de si, por decirlo con Wilde, es el Arte quien imita la vida o si es la vida la que imita al Arte es una de las preocupaciones más recurrentes de las vanguardias de principios del siglo XX. La modernidad epatante en cierto modo lo que buscaba, al escindirse de lo real, era articular un lenguaje que consiguiera socavar los cimientos de la cultura y las maneras burguesas, incidiendo eventualmente en su contexto. Lo cierto es que buena parte de estas prácticas artísticas finalmente resultaron en un tropismo que crecía hacia adentro cuyas implicaciones eran inconcebibles más allá de una burbuja de background cultural específico, con lo que el potencial transformador que pudieran tener quedó finalmente anulado. Sin embargo, esto no implica en absoluto que, actualmente, esta discusión haya quedado zanjada.
Creative Commons Attribution 4.0