Otra vez estaba ahí, como cada equinoccio de primavera. Una vez más sentí deseos de acercarme, aún a pesar de no saber lo que pasaría. Sabía que no era humana, eso lo daba por seguro. Ya que llevaba 15 años encontrándola bajo ese árbol de cerezo. Sin embargo, aún a pesar del ligero miedo, ya me encantraba frente a sus ojos muertos... Entre sus manos frías.
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0