Cuando el zoólogo Ignacio Armas se enamoró a través de internet de Margarita Sosa, decidió que antes de proponerle matrimonio tendría que conocerla y convivir con ella un tiempo razonable.
Así que cuando lo invitó a pasar una temporada en su hacienda, nunca imaginó que tendría que soportar a su malhumorada capataz, una iracunda y malhablada joven llamada Carolina Vargas, quien desde un principio le dejó muy claro, que no le agradaba.
Ignacio sospechaba la terrible razón: Carolina, estaba enamorada de su novia, quien ni siquiera lo imaginaba y además, la adoraba como a una hermana, aunque en el caso de la desgarbada chica parecía más su hermano.
Ignacio comprendió, que si deseaba llegar al altar con la bella Margarita Sosa, tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano para ganarse la simpatía de Carolina, y si éso resultaba en días y noches con ella, en lugar de estar con Magui, éso haría.
A peores situaciones se había enfrentado conviviendo con leones salvajes.
Carolina caería rendida ante su falso encanto, se dijo muy seguro. Pronto la vería ronrroneando en sus brazos como un dulce gatito.
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