Aquella mañana me levanté algo más inquieto que de costumbre. El motivo: a las nueve de la mañana me iban a hacer mi primera entrevista como escritor profesional. Decidí no tomar café. No quise tentar a la suerte. Ya eran las nueve menos diez y el periodista estaba a punto de llegar a mi casa. Me sudaban las manos, la lengua se me secaba, mi corazón latía desbocado; ansiedad, temblores involuntarios, sensación de pánico. En medio de todo eso apareció él, mi voz interior. –¿Se puede saber qué te
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