Él nunca estuvo solo,
tú lo acompañabas.
Aún cuando no eras bienvenido
tu intención de entrometerte, no ocultaste.
No ocultaste el deseo de manchar
la palabra tan ansiada, la espontánea caricia a los ojos sonrientes, a los besos en la punta de la lengua tan dispuestos a saltar y suicidarse.
Siempre acechando con desconfianza a quienes, a pesar de tu acción, surfearon grandes olas purpureas de pasión tierna y desmedida, a quienes en un beso sólo guardaban millares de mensajes para
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