Era una mañana de domingo lluviosa. Yo estaba sentado en el sofá, mirando ensimismado la televisión sin realmente prestar atención a lo que estaba viendo. Anuncios, deportes, dibujos animados… lo que fuera, en realidad no me importaba; tan solo quería que pasara el tiempo. Delante de mí, apenas distinguía las imágenes borrosas y los vivos colores de una pantalla; por mis oídos entraban sonidos que ni siquiera me molestaba en descifrar, en entender, en tratar de comprender. Los domingos por la mañana nunca había nada que hacer, e incluso aunque lo hubiera habido, a mí me hubiera dado igual, prefería quedarme en casa.
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