La mosca vive poco más que un verano. El frío del otoño suele sorprenderla como la luna sorprende al sol cuando, caprichosa, se asoma al cielo en la claridad de la tarde. Con la diferencia de que para ella -la mosca, digo- esa sorpresa la deja boca arriba sobre el mueble del televisor, con las patas estiradas hacia el techo. Vivir sólo un verano. Hasta ayer pensaba que eso era triste. Ayer leí que cada ser vivo percibe el tiempo –entendido este como la velocidad a la que transcurre la vida a nue
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