No existe verdad tan definitiva,
como mi piel hecha de eternidad en el contacto con la brevedad
de tus labios infinitos. Se prolonga esa fisonomía en el vibrante bullicio de la sangre perenne. Un sólo segundo de silencio, en ofrenda perpetua y fundidos desde las entrañas en la espesura de la sustancia. Yo en ti y tú en mí, todo delirio, todo presente.
Ese Todo manifiesto en la melodía de los deseos, se celebra en tu carne, en conjunción con mi materia, un principio esencial
de Paraíso celeste.
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