Una placa, sobre un banco del parque, recuerda la fecha de cuando a Paco, nuestro querido quiosquero, lo atracaron tras darle una brutal paliza.
Desde entonces, todo ha cambiado. El barrio se ha ido habitando con nuevos vecinos que hablan otras lenguas y su piel tiene otro color. Los padres prefieren no correr riesgos. Temen que sus pequeños, si juegan entre ellos, sufran alguna contaminación. Por eso, los niños han abandonado los columpios. Ahora, se divierten enterrados en la piscina de bola
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